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El vuelo en la oscuridad

Posted in General with tags , , , on Desembre 11, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

El investigador inglés John Stape ha logrado, en Las vidas de Joseph Conrad, una biografía minuciosa y veloz del autor de Lord Jim. El único detalle ausente en la narración es la literatura. Sin embargo, ese retrato exhaustivo permite observar la alquimia que convierte una peripecia real en el oro de una obra memorable

En un rincón del norte de Inglaterra cuando aún no era Inglaterra sino un caleidoscopio de aldeas con nombres de invasores germanos, en un palacio del seiscientos de nuestra era, una noche de viento y nieve, el monarca y sus nobles, en círculo alrededor del fuego, escuchan una historia. La cuenta un mensajero que ha cruzado el mar, el hielo, las tormentas, para traer al rey esa historia junto con un reclamo que exige una respuesta.

El mensajero, que habla a guerreros cansados en cuarteles de invierno, a jefes que en los últimos veranos han perdido sus mejores cartas en el juego sangriento del poder, hecho de saqueos y de matanzas, dice que su historia trata de una verdad, la de un dios único y victorioso en todas las batallas, las de la tierra y las del cielo. Narra, confiado, extrañas aventuras de ese dios en países aún más extraños que están del otro lado del océano. Finalmente enumera los bienes concedidos a quienes dejaron atrás las creencias paganas, los falsos ídolos que se derrumban cuando los toca el infortunio. Nombra reyes y cortes cercanas que veneran a este joven dios muerto, resucitado y todopoderoso, su señor, que hoy gozan de paz y de prosperidad, de riqueza y de fama, porque han aceptado jurar la nueva fe. El mensajero es modesto y elocuente.

El rey duda. Ya ha escuchado esa historia, de lejos, como golpes de remos en el agua, de naves avanzando en la niebla, pero ahora le piden que se suba a una de ellas y la comande. Que cambie el rumbo, que traicione a las deidades de Asgard y el Valhalla, héroes de un cósmico tablero de ajedrez del que rodarán las piezas el día final, en la mitad de un juego, como fue prometido. Duda mientras piensa en su gente, todos iguales, él también, bajo la autoridad de los antiguos dioses, iguales a ellos salvo en la eficacia de la magia, que en estos días declina y consiente las derrotas. Entonces consulta a su viejo sacerdote, que está presente y no ha dicho una palabra. ¿Debe o no entregarse a esta nueva religión? “Sí –responde el sacerdote–, quizás el mensajero esté diciendo la verdad, quizás ese joven dios sea más poderoso que los nuestros, porque no tenemos certeza de la vida más allá de este mundo. Somos –dice el anciano– como un pájaro que vuela en la oscuridad y el frío de la noche, que entra por una de las ventanas del palacio, que durante un momento atraviesa la luz y el calor, y luego sale por otra ventana, de regreso a la oscuridad y al frío.” El rey se convierte al cristianismo.

Recordé esta crónica medieval inesperadamente, mientras cerraba un libro que había terminado de leer y que no guarda la menor relación con historias de santos o de religiones. Es una nueva biografía de Joseph Conrad escrita por un profesor e investigador inglés, John Stape. El título, Las vidas de Joseph Conrad, ya promete al lector una curiosa vuelta de tuerca al mecanismo biográfico tradicional: el autor de Lord Jim no tuvo una sola vida sino varias. Para documentar esta tesis, se utilizará un flamante tesoro de correspondencia y de diarios privados que se han ido abriendo en los últimos años, con datos no accesibles en décadas anteriores. El prólogo advierte que toda biografía de un gran escritor contiene ficciones creadas por el testimonio poco confiable de quienes lo trataron, omisiones y fantasías circunstanciales a las que se suma el aporte imaginativo del escritor cuando debe contarse a sí mismo, como lo hizo Conrad en su Crónica personal, inexacta en fechas, lugares y viajes. Ahora, gracias al reciente aluvión de documentos e investigaciones, se podrá separar la ficción de la realidad, bajar a tierra al Conrad mítico y obtener un retrato fiel de esa personalidad reticente y esquiva que ha eludido a sus admiradores.

En términos de una biografía tan ambiciosa, la de John Stape es breve. Menos de 600 páginas en un volumen de tamaño mediano que incluye fotos, bibliografía, notas y mapas. Y, sobre todo, veloz. La vida de Conrad, singular, aventurera y romántica en comparación con el modelo del escritor clavado a un escritorio, pasa como un tren bala desbordante de datos: toda la infancia, adolescencia y juventud del marino Jósef Teodor Konrad Korzeniowski, aristócrata nacido en Polonia en 1857, que adoptará en Inglaterra el nombre de Joseph Conrad; todo sobre el capitán Korzeniowski y los viajes en los mares del Sur que darán ambientes y personajes para su obra; todo el Conrad escritor, casado, con dos hijos, y el círculo de sus amigos y colegas; todos los detalles de un Conrad ya prestigioso pero no popular. Por último, todos los pasos de Conrad y la fama.

Aun para quienes hemos leído las biografías más conocidas, la clásica de Zdzislaw Najder, la de Jocelyn Baines, entre otras, o las memorias caseras de Jessie Conrad, la de Stape resulta fascinante por un arte menor: la concisión. Una suerte de milagro periodístico que resume una vida entera sin dejar suelto un solo cabo. Salvo, ay, la literatura de Conrad, que flota a la deriva, siguiendo sólo el curso de los hechos. Un lastre que el biógrafo ha soltado deliberadamente de su narración, para aligerarla y dotarla de esa velocidad asombrosa con que recorre años, países, mares, idiomas, guerras, aventuras, enfermedades, amigos, enemigos. A la mitad del libro, me pregunté dónde estaban la imaginación, la humanidad, la íntima grandeza de Conrad, que han dejado una marca indeleble en quienes lo leyeron. Apenas retenía una escena que, por insólita, me divirtió mucho: Conrad en un encuentro con J. M. Barrie, el autor de Peter Pan; había hablado tan exaltado, los ojos negros centelleantes, “como un terrible pirata a punto de abordar un barco”, escribió Barrie, que le inspiró el personaje del Capitán Garfio.

Pero el impacto de una lectura nunca es aparente ni inmediato en su totalidad. Cada libro leído, bueno o malo, es único en el presente pero a medida que transcurre el tiempo se une al cuerpo de la memoria, que acumula y mezcla impresiones y juicios, lecturas vulnerables, como nosotros mismos, a la idolatría o la injusticia. Y sin embargo, leer construye en la inestabilidad del recuerdo un mundo propio de asociaciones independientes de nuestra voluntad, como un castillo en el fondo del mar, misterioso y sin dueño, que guarda verdades no percibidas en la superficie, que las revela cuando uno menos lo espera, cuando uno cae en esas aguas profundas por accidente o por azar. En mi caso, por una biografía de Conrad que excluye su literatura, que se refiere a la escritura como un oficio en que las lides habituales, el trato con editores y agentes literarios, las fechas de publicación, las ganancias detalladas hasta la última libra tienen más relevancia que la obra.

Terminé el libro, lo cerré y me sorprendí pensando qué hubiera dicho Conrad de aseveraciones como ésta: “Escribir no debió carecer de aventura para él”, frase que rebaja una intención artística que le costó años de indiferencia pública a un crucero de turismo. O sobre el terrible viaje al Congo en 1889, que dio uno de los relatos más extraordinarios en lengua inglesa, El corazón de las tinieblas, donde efectivamente y documentado en registros oficiales, Conrad estuvo a punto de morir, perdió la salud y, para siempre, la carrera de marino con que se ganaba la vida: “No fue la pesadilla que cuenta”. ¿Qué hubiera dicho? Cómo saberlo.

No creo en fantasmas, así que Conrad no se me apareció, ni indignado ni escéptico ni complaciente, a darme una respuesta. Pero sí creo que la literatura es el fantasma de una memoria universal, fantasma de recuerdos de recuerdos anudados en el hilo del tiempo, que se muestra y habla a poetas, lectores y escritores en distintas formas y lenguajes pero sin perder su identidad, su sentido de pertenencia a todo lo humano, lo fugaz, lo inasible de nuestra existencia en este mundo. Y ese fantasma, salido de un antiguo texto eclesiástico, tomó la voz de Conrad y dijo con el tono de sus mejores libros: “Somos como un pájaro que vuela en la oscuridad y el frío de la noche, que entra por una de las ventanas del palacio, que durante un momento atraviesa la luz y el calor, y luego sale por otra ventana, de regreso a la oscuridad y al frío”.

Durante el resto del día, esas palabras escritas hace unos mil trescientos años me siguieron obstinadamente, como campanadas lejanas que repicaban en el nombre de Conrad. Ya era de noche cuando entendí la conexión entre el relato medieval y una biografía de este siglo. Del primer texto, nos llega la visión de un mundo hostil, aislado en el invierno, en que la soledad, la tristeza y la incertidumbre se expresan en la espléndida metáfora del pájaro que vuela a oscuras en el frío, sin pasar más que brevemente por la luz y el calor. Del segundo, el propósito de mostrar al escritor separado de la obra, como si vida y obra pudieran cortarse de un tajo, que da un retrato en que el escritor es irreconocible y el hombre, si aceptamos la dualidad, una caricatura hecha de manías, de nervios, de caprichos. Pero paradójicamente, la detallada información de cada uno de sus movimientos, la transcripción minuciosa de viajes, cartas, opiniones y críticas, las erráticas interpretaciones sobre su carácter revelan, sin querer, por ausencia, una conmovedora pintura de Joseph Conrad y de los temas de sus libros. Una vida de lucha en un mundo que siempre le es hostil, una conciencia de su soledad en la vida y en el arte, el vuelo a oscuras en busca de una luz, la digna aceptación de la incertidumbre como uno de nuestros rasgos invariables.

“A lo largo de su vida había comprobado que muchos hombres buenos (marinos y de los otros) se hundían bajo el peso de la pura mala suerte, y había aprendido a reconocer los síntomas fatales”, piensa el protagonista de La soga al cuello. Conrad también ha adquirido esa experiencia. “Con tanta regularidad el pobre diablo se atascaba en un recoveco de la costa que hubiera sido injusto achacar esa perpetua encalladura a su atolondramiento”, escribe. Las peripecias de una vida se translucen en este fragmento. Mala suerte que desequilibraba la buena tuvo Conrad, y en cantidades asombrosas.

Con una infancia desdichada en una Polonia sometida a la tiranía rusa, arrastrado de un sitio a otro por las ideas revolucionarias de su padre; compartiendo, a los cuatro años, la prisión de sus progenitores en una suerte de campo de concentración donde la temperatura invernal llegaba a los 45° bajo cero; huérfano a los once, criado por una abuela, luego protegido por un tutor, embarcado en la carrera de marino a los quince, emprende un viaje incesante. Viaje que encalla regularmente en distintos tipos de fracaso, ya sea en las playas más remotas del mundo o, cuando se ha instalado en Inglaterra, en las casas que alquila y abandona en una constante mudanza, en las idas y venidas de Europa en busca de un clima tibio que lo mantenga sano y en el que pueda escribir. Porque si de niño era frágil, a los cuarenta la enfermedad lo sigue como su propia sombra: gota, reumatismo, fiebres, malaria y la melancolía que acompaña a la invalidez. Su pésima salud y la imposibilidad de encontrar un puesto en un barco lo deciden a ganarse el pan escribiendo. No es una decisión atolondrada. La buena suerte llega en la demanda de nuevos autores para la ficción por entregas y Conrad ya había escrito el borrador de una novela, La locura de Almayer. Publica y la crítica es estimulante. Pero la mala suerte reaparece, imprevista. Conrad es un escritor lento. “Se toma demasiado tiempo –rezonga un crítico de entonces– para tapar la acción bajo una montaña de palabras.”

El terror de la página en blanco lo entienden fácilmente incluso quienes no escriben. Pero la angustia de la lentitud nunca aparece sin una broma o un sarcasmo sobre el escritor que la sufre, aunque las lentas páginas logradas sean maravillosas. En el caso de Conrad, esa lentitud, que de hecho no era más que coherencia con su estética, la de no someterse a las exigencias de un mercado que pedía historias entretenidas y sin vueltas, la de encontrar la forma y el tono justos para cada narración, consistía en alargar capítulos, en no respetar las fechas de entrega porque se le había ocurrido un argumento nuevo, otro punto de vista. Para un escritor cuyo único ingreso de dinero provenía de sus ficciones, ser lento no era un defecto cualquiera, era una circunstancia trágica; y la tensión de no poder cumplir con un contrato, una revista o una editorial le amargó la vida. Anclado a su escritorio, veía con horror de sí mismo cómo sus colegas y amigos, H. G. Wells, John Galsworthy, Henry James, pasaban de un libro a otro con mágica velocidad, entre las distracciones de la vida social, las cenas, los amores, los divorcios, mientras él encallaba en una página o lo inmovilizaba la fiebre o un ataque de gota. En el mejor momento de Lord Jim, cuando el dolor en la muñeca le impedía sostener la pluma, se colgó un peso de la mano para afirmarla y continuar. No es extraño que sus cartas rezumen una inseguridad que raya en el pánico. “Desde el pasado junio he estado bastante bien. Sólo cabe contar la falta de agilidad. El sentimiento de que el juego ya no vale la pena. Condenado a jugar, persisto como una araña desilusionada tejiendo en medio de un vendaval.” “En el curso de un día laborable de ocho horas escribo tres frases, que borro antes de levantarme de la mesa, desesperado.” Y sin embargo, de esta desesperación surgen, en poco más de un año, entregas de Lord Jim que está por completarse, cuentos como “Juventud” y el magistral “relato africano” El corazón de las tinieblas.

La buena suerte, empujada por el genio y la voluntad, es para Conrad tan excepcional como la mala. Extranjero, de profesión marino, sin contactos en Inglaterra, encuentra en el primer paso al agente literario ideal, el que soñamos todos los escritores: Edward Garnett, un joven culto, sensible, de paciencia infinita, que cree en su talento, que no sólo se ocupa de estimularlo sino que a lo largo de años pagará las deudas de Conrad y los interminables adelantos, un amigo que siempre interviene para salvarlo de las permanentes catástrofes, que escucha y entiende, sin quejarse. Otra racha increíble de suerte es el aplauso inmediato, el reconocimiento de escritores ya consagrados como Wells y James, de Edmund Gosse y de la crítica más prestigiosa, de filósofos como Bertrand Russell y otros intelectuales. Sabemos que los círculos literarios no son precisamente generosos, menos con un recién llegado, para colmo polaco y sin antecedentes académicos, y emociona la admiración, el apoyo público y privado que recibió Conrad de los autores más importantes de Inglaterra. Este mundo difícil y siempre esquivo le abrió los brazos desde el primer momento; los lectores, en cambio, miraban hacia otro lado. Los libros de Conrad se vendían muy poco. No gustaba el estilo, la prosa, la sutileza del lenguaje, las reflexiones sobre la vida, la muerte, el azar, la complejidad de la existencia. “Demasiado literario –se diría hoy– para un contador de historias.” Sin el soporte del leal agente, de editores con visión de futuro, de la admiración nunca menguada de sus brillantes colegas, quizá Conrad no hubiera sobrevivido a la oscuridad. Le iba tan mal que buscó un puesto en algún barco. Por buena suerte, esta vez para nosotros, sus lectores, no lo consiguió: había envejecido junto con los barcos que sabía tripular, los elegantes clippers de vela reemplazados por el barco de vapor, y se pedían jóvenes expertos en estas nuevas máquinas.

La fama le llegó desmesuradamente, trayendo consigo también una desmesurada fortuna (notas sueltas y manuscritos de Conrad eran comprados por coleccionistas al precio de caras joyas), cuando la imaginación del escritor se había vaciado del todo y su cuerpo perdía las últimas fuerzas con una novela menor en cuyo título parece resumirse el destino de Conrad: Azar. Murió repentinamente, de un infarto, solo en su dormitorio, en agosto de 1924. Tenía 67 años.

A un siglo y medio de los días en que el capitán polaco Jósef Teodor Konrad Korzeniowski hizo virar el rumbo de su vida marina a la del escritor en lengua inglesa con el nombre de Joseph Conrad, su obra, que siguió la ruta invariable de las grandes obras literarias en el curso del tiempo, costeando el olvido, esquivando modas y desdenes, refugiándose en pequeñas islas de lectores, bella y dúctil en la tormenta como uno de los barcos de vela de sus libros, reaparece en triunfo, multiplicándose en nuevas ediciones, nuevas antologías. Los relatos de Conrad han dado al cine films inolvidables: de denuncia sobre el horror del imperialismo en Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, o de ironía trágica en Los duelistas, de Ridley Scott, tan conradiano que llamó Nostromo a la nave espacial de su película Alien y usó el recuerdo, uno de los valores más significativos para Conrad, como prueba de la humanidad del androide de Blade Runner.

Del personaje que vieron sus contemporáneos en el hombre, el extranjero, el marino, el recluso, el noble de exquisitos modales o el manojo de nervios y de achaques, no quedan más que cartas, diarios y fotos; de la intriga de sus aventuras en un mundo casi desconocido entonces, sólo la impresión de que han sido superadas por muchos otros y con creces. Es en sus libros donde Joseph Conrad cobra vida, en la mirada centelleante y apasionada con que aborda el mundo y su gente, en la alta montaña de palabras que levantó del vuelo a oscuras de todo escritor, de la soledad, de la incertidumbre del futuro, en el breve cruce de una ventana a otra.

Autor: Vlady Kociancich
Fuente: La Nación

El vuelo en la oscuridad

Posted in General with tags , , , , on Octubre 25, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

El investigador inglés John Stape ha logrado, en Las vidas de Joseph Conrad, una biografía minuciosa y veloz del autor de Lord Jim. El único detalle ausente en la narración es la literatura. Sin embargo, ese retrato exhaustivo permite observar la alquimia que convierte una peripecia real en el oro de una obra memorable

En un rincón del norte de Inglaterra cuando aún no era Inglaterra sino un caleidoscopio de aldeas con nombres de invasores germanos, en un palacio del seiscientos de nuestra era, una noche de viento y nieve, el monarca y sus nobles, en círculo alrededor del fuego, escuchan una historia. La cuenta un mensajero que ha cruzado el mar, el hielo, las tormentas, para traer al rey esa historia junto con un reclamo que exige una respuesta.
El mensajero, que habla a guerreros cansados en cuarteles de invierno, a jefes que en los últimos veranos han perdido sus mejores cartas en el juego sangriento del poder, hecho de saqueos y de matanzas, dice que su historia trata de una verdad, la de un dios único y victorioso en todas las batallas, las de la tierra y las del cielo. Narra, confiado, extrañas aventuras de ese dios en países aún más extraños que están del otro lado del océano. Finalmente enumera los bienes concedidos a quienes dejaron atrás las creencias paganas, los falsos ídolos que se derrumban cuando los toca el infortunio. Nombra reyes y cortes cercanas que veneran a este joven dios muerto, resucitado y todopoderoso, su señor, que hoy gozan de paz y de prosperidad, de riqueza y de fama, porque han aceptado jurar la nueva fe. El mensajero es modesto y elocuente.
El rey duda. Ya ha escuchado esa historia, de lejos, como golpes de remos en el agua, de naves avanzando en la niebla, pero ahora le piden que se suba a una de ellas y la comande. Que cambie el rumbo, que traicione a las deidades de Asgard y el Valhalla, héroes de un cósmico tablero de ajedrez del que rodarán las piezas el día final, en la mitad de un juego, como fue prometido. Duda mientras piensa en su gente, todos iguales, él también, bajo la autoridad de los antiguos dioses, iguales a ellos salvo en la eficacia de la magia, que en estos días declina y consiente las derrotas. Entonces consulta a su viejo sacerdote, que está presente y no ha dicho una palabra. ¿Debe o no entregarse a esta nueva religión? “Sí –responde el sacerdote–, quizás el mensajero esté diciendo la verdad, quizás ese joven dios sea más poderoso que los nuestros, porque no tenemos certeza de la vida más allá de este mundo. Somos –dice el anciano– como un pájaro que vuela en la oscuridad y el frío de la noche, que entra por una de las ventanas del palacio, que durante un momento atraviesa la luz y el calor, y luego sale por otra ventana, de regreso a la oscuridad y al frío.” El rey se convierte al cristianismo.
Recordé esta crónica medieval inesperadamente, mientras cerraba un libro que había terminado de leer y que no guarda la menor relación con historias de santos o de religiones. Es una nueva biografía de Joseph Conrad escrita por un profesor e investigador inglés, John Stape. El título, Las vidas de Joseph Conrad, ya promete al lector una curiosa vuelta de tuerca al mecanismo biográfico tradicional: el autor de Lord Jim no tuvo una sola vida sino varias. Para documentar esta tesis, se utilizará un flamante tesoro de correspondencia y de diarios privados que se han ido abriendo en los últimos años, con datos no accesibles en décadas anteriores. El prólogo advierte que toda biografía de un gran escritor contiene ficciones creadas por el testimonio poco confiable de quienes lo trataron, omisiones y fantasías circunstanciales a las que se suma el aporte imaginativo del escritor cuando debe contarse a sí mismo, como lo hizo Conrad en su Crónica personal, inexacta en fechas, lugares y viajes. Ahora, gracias al reciente aluvión de documentos e investigaciones, se podrá separar la ficción de la realidad, bajar a tierra al Conrad mítico y obtener un retrato fiel de esa personalidad reticente y esquiva que ha eludido a sus admiradores.
En términos de una biografía tan ambiciosa, la de John Stape es breve. Menos de 600 páginas en un volumen de tamaño mediano que incluye fotos, bibliografía, notas y mapas. Y, sobre todo, veloz. La vida de Conrad, singular, aventurera y romántica en comparación con el modelo del escritor clavado a un escritorio, pasa como un tren bala desbordante de datos: toda la infancia, adolescencia y juventud del marino Jósef Teodor Konrad Korzeniowski, aristócrata nacido en Polonia en 1857, que adoptará en Inglaterra el nombre de Joseph Conrad; todo sobre el capitán Korzeniowski y los viajes en los mares del Sur que darán ambientes y personajes para su obra; todo el Conrad escritor, casado, con dos hijos, y el círculo de sus amigos y colegas; todos los detalles de un Conrad ya prestigioso pero no popular. Por último, todos los pasos de Conrad y la fama.
Aun para quienes hemos leído las biografías más conocidas, la clásica de Zdzislaw Najder, la de Jocelyn Baines, entre otras, o las memorias caseras de Jessie Conrad, la de Stape resulta fascinante por un arte menor: la concisión. Una suerte de milagro periodístico que resume una vida entera sin dejar suelto un solo cabo. Salvo, ay, la literatura de Conrad, que flota a la deriva, siguiendo sólo el curso de los hechos. Un lastre que el biógrafo ha soltado deliberadamente de su narración, para aligerarla y dotarla de esa velocidad asombrosa con que recorre años, países, mares, idiomas, guerras, aventuras, enfermedades, amigos, enemigos. A la mitad del libro, me pregunté dónde estaban la imaginación, la humanidad, la íntima grandeza de Conrad, que han dejado una marca indeleble en quienes lo leyeron. Apenas retenía una escena que, por insólita, me divirtió mucho: Conrad en un encuentro con J. M. Barrie, el autor de Peter Pan; había hablado tan exaltado, los ojos negros centelleantes, “como un terrible pirata a punto de abordar un barco”, escribió Barrie, que le inspiró el personaje del Capitán Garfio.
Pero el impacto de una lectura nunca es aparente ni inmediato en su totalidad. Cada libro leído, bueno o malo, es único en el presente pero a medida que transcurre el tiempo se une al cuerpo de la memoria, que acumula y mezcla impresiones y juicios, lecturas vulnerables, como nosotros mismos, a la idolatría o la injusticia. Y sin embargo, leer construye en la inestabilidad del recuerdo un mundo propio de asociaciones independientes de nuestra voluntad, como un castillo en el fondo del mar, misterioso y sin dueño, que guarda verdades no percibidas en la superficie, que las revela cuando uno menos lo espera, cuando uno cae en esas aguas profundas por accidente o por azar. En mi caso, por una biografía de Conrad que excluye su literatura, que se refiere a la escritura como un oficio en que las lides habituales, el trato con editores y agentes literarios, las fechas de publicación, las ganancias detalladas hasta la última libra tienen más relevancia que la obra.
Terminé el libro, lo cerré y me sorprendí pensando qué hubiera dicho Conrad de aseveraciones como ésta: “Escribir no debió carecer de aventura para él”, frase que rebaja una intención artística que le costó años de indiferencia pública a un crucero de turismo. O sobre el terrible viaje al Congo en 1889, que dio uno de los relatos más extraordinarios en lengua inglesa, El corazón de las tinieblas, donde efectivamente y documentado en registros oficiales, Conrad estuvo a punto de morir, perdió la salud y, para siempre, la carrera de marino con que se ganaba la vida: “No fue la pesadilla que cuenta”. ¿Qué hubiera dicho? Cómo saberlo.
No creo en fantasmas, así que Conrad no se me apareció, ni indignado ni escéptico ni complaciente, a darme una respuesta. Pero sí creo que la literatura es el fantasma de una memoria universal, fantasma de recuerdos de recuerdos anudados en el hilo del tiempo, que se muestra y habla a poetas, lectores y escritores en distintas formas y lenguajes pero sin perder su identidad, su sentido de pertenencia a todo lo humano, lo fugaz, lo inasible de nuestra existencia en este mundo. Y ese fantasma, salido de un antiguo texto eclesiástico, tomó la voz de Conrad y dijo con el tono de sus mejores libros: “Somos como un pájaro que vuela en la oscuridad y el frío de la noche, que entra por una de las ventanas del palacio, que durante un momento atraviesa la luz y el calor, y luego sale por otra ventana, de regreso a la oscuridad y al frío”.
Durante el resto del día, esas palabras escritas hace unos mil trescientos años me siguieron obstinadamente, como campanadas lejanas que repicaban en el nombre de Conrad. Ya era de noche cuando entendí la conexión entre el relato medieval y una biografía de este siglo. Del primer texto, nos llega la visión de un mundo hostil, aislado en el invierno, en que la soledad, la tristeza y la incertidumbre se expresan en la espléndida metáfora del pájaro que vuela a oscuras en el frío, sin pasar más que brevemente por la luz y el calor. Del segundo, el propósito de mostrar al escritor separado de la obra, como si vida y obra pudieran cortarse de un tajo, que da un retrato en que el escritor es irreconocible y el hombre, si aceptamos la dualidad, una caricatura hecha de manías, de nervios, de caprichos. Pero paradójicamente, la detallada información de cada uno de sus movimientos, la transcripción minuciosa de viajes, cartas, opiniones y críticas, las erráticas interpretaciones sobre su carácter revelan, sin querer, por ausencia, una conmovedora pintura de Joseph Conrad y de los temas de sus libros. Una vida de lucha en un mundo que siempre le es hostil, una conciencia de su soledad en la vida y en el arte, el vuelo a oscuras en busca de una luz, la digna aceptación de la incertidumbre como uno de nuestros rasgos invariables.
“A lo largo de su vida había comprobado que muchos hombres buenos (marinos y de los otros) se hundían bajo el peso de la pura mala suerte, y había aprendido a reconocer los síntomas fatales”, piensa el protagonista de La soga al cuello. Conrad también ha adquirido esa experiencia. “Con tanta regularidad el pobre diablo se atascaba en un recoveco de la costa que hubiera sido injusto achacar esa perpetua encalladura a su atolondramiento”, escribe. Las peripecias de una vida se translucen en este fragmento. Mala suerte que desequilibraba la buena tuvo Conrad, y en cantidades asombrosas.
Con una infancia desdichada en una Polonia sometida a la tiranía rusa, arrastrado de un sitio a otro por las ideas revolucionarias de su padre; compartiendo, a los cuatro años, la prisión de sus progenitores en una suerte de campo de concentración donde la temperatura invernal llegaba a los 45° bajo cero; huérfano a los once, criado por una abuela, luego protegido por un tutor, embarcado en la carrera de marino a los quince, emprende un viaje incesante. Viaje que encalla regularmente en distintos tipos de fracaso, ya sea en las playas más remotas del mundo o, cuando se ha instalado en Inglaterra, en las casas que alquila y abandona en una constante mudanza, en las idas y venidas de Europa en busca de un clima tibio que lo mantenga sano y en el que pueda escribir. Porque si de niño era frágil, a los cuarenta la enfermedad lo sigue como su propia sombra: gota, reumatismo, fiebres, malaria y la melancolía que acompaña a la invalidez. Su pésima salud y la imposibilidad de encontrar un puesto en un barco lo deciden a ganarse el pan escribiendo. No es una decisión atolondrada. La buena suerte llega en la demanda de nuevos autores para la ficción por entregas y Conrad ya había escrito el borrador de una novela, La locura de Almayer. Publica y la crítica es estimulante. Pero la mala suerte reaparece, imprevista. Conrad es un escritor lento. “Se toma demasiado tiempo –rezonga un crítico de entonces– para tapar la acción bajo una montaña de palabras.”
El terror de la página en blanco lo entienden fácilmente incluso quienes no escriben. Pero la angustia de la lentitud nunca aparece sin una broma o un sarcasmo sobre el escritor que la sufre, aunque las lentas páginas logradas sean maravillosas. En el caso de Conrad, esa lentitud, que de hecho no era más que coherencia con su estética, la de no someterse a las exigencias de un mercado que pedía historias entretenidas y sin vueltas, la de encontrar la forma y el tono justos para cada narración, consistía en alargar capítulos, en no respetar las fechas de entrega porque se le había ocurrido un argumento nuevo, otro punto de vista. Para un escritor cuyo único ingreso de dinero provenía de sus ficciones, ser lento no era un defecto cualquiera, era una circunstancia trágica; y la tensión de no poder cumplir con un contrato, una revista o una editorial le amargó la vida. Anclado a su escritorio, veía con horror de sí mismo cómo sus colegas y amigos, H. G. Wells, John Galsworthy, Henry James, pasaban de un libro a otro con mágica velocidad, entre las distracciones de la vida social, las cenas, los amores, los divorcios, mientras él encallaba en una página o lo inmovilizaba la fiebre o un ataque de gota. En el mejor momento de Lord Jim, cuando el dolor en la muñeca le impedía sostener la pluma, se colgó un peso de la mano para afirmarla y continuar. No es extraño que sus cartas rezumen una inseguridad que raya en el pánico. “Desde el pasado junio he estado bastante bien. Sólo cabe contar la falta de agilidad. El sentimiento de que el juego ya no vale la pena. Condenado a jugar, persisto como una araña desilusionada tejiendo en medio de un vendaval.” “En el curso de un día laborable de ocho horas escribo tres frases, que borro antes de levantarme de la mesa, desesperado.” Y sin embargo, de esta desesperación surgen, en poco más de un año, entregas de Lord Jim que está por completarse, cuentos como “Juventud” y el magistral “relato africano” El corazón de las tinieblas.
La buena suerte, empujada por el genio y la voluntad, es para Conrad tan excepcional como la mala. Extranjero, de profesión marino, sin contactos en Inglaterra, encuentra en el primer paso al agente literario ideal, el que soñamos todos los escritores: Edward Garnett, un joven culto, sensible, de paciencia infinita, que cree en su talento, que no sólo se ocupa de estimularlo sino que a lo largo de años pagará las deudas de Conrad y los interminables adelantos, un amigo que siempre interviene para salvarlo de las permanentes catástrofes, que escucha y entiende, sin quejarse. Otra racha increíble de suerte es el aplauso inmediato, el reconocimiento de escritores ya consagrados como Wells y James, de Edmund Gosse y de la crítica más prestigiosa, de filósofos como Bertrand Russell y otros intelectuales. Sabemos que los círculos literarios no son precisamente generosos, menos con un recién llegado, para colmo polaco y sin antecedentes académicos, y emociona la admiración, el apoyo público y privado que recibió Conrad de los autores más importantes de Inglaterra. Este mundo difícil y siempre esquivo le abrió los brazos desde el primer momento; los lectores, en cambio, miraban hacia otro lado. Los libros de Conrad se vendían muy poco. No gustaba el estilo, la prosa, la sutileza del lenguaje, las reflexiones sobre la vida, la muerte, el azar, la complejidad de la existencia. “Demasiado literario –se diría hoy– para un contador de historias.” Sin el soporte del leal agente, de editores con visión de futuro, de la admiración nunca menguada de sus brillantes colegas, quizá Conrad no hubiera sobrevivido a la oscuridad. Le iba tan mal que buscó un puesto en algún barco. Por buena suerte, esta vez para nosotros, sus lectores, no lo consiguió: había envejecido junto con los barcos que sabía tripular, los elegantes clippers de vela reemplazados por el barco de vapor, y se pedían jóvenes expertos en estas nuevas máquinas.
La fama le llegó desmesuradamente, trayendo consigo también una desmesurada fortuna (notas sueltas y manuscritos de Conrad eran comprados por coleccionistas al precio de caras joyas), cuando la imaginación del escritor se había vaciado del todo y su cuerpo perdía las últimas fuerzas con una novela menor en cuyo título parece resumirse el destino de Conrad: Azar. Murió repentinamente, de un infarto, solo en su dormitorio, en agosto de 1924. Tenía 67 años.
A un siglo y medio de los días en que el capitán polaco Jósef Teodor Konrad Korzeniowski hizo virar el rumbo de su vida marina a la del escritor en lengua inglesa con el nombre de Joseph Conrad, su obra, que siguió la ruta invariable de las grandes obras literarias en el curso del tiempo, costeando el olvido, esquivando modas y desdenes, refugiándose en pequeñas islas de lectores, bella y dúctil en la tormenta como uno de los barcos de vela de sus libros, reaparece en triunfo, multiplicándose en nuevas ediciones, nuevas antologías. Los relatos de Conrad han dado al cine films inolvidables: de denuncia sobre el horror del imperialismo en Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, o de ironía trágica en Los duelistas, de Ridley Scott, tan conradiano que llamó Nostromo a la nave espacial de su película Alien y usó el recuerdo, uno de los valores más significativos para Conrad, como prueba de la humanidad del androide de Blade Runner.
Del personaje que vieron sus contemporáneos en el hombre, el extranjero, el marino, el recluso, el noble de exquisitos modales o el manojo de nervios y de achaques, no quedan más que cartas, diarios y fotos; de la intriga de sus aventuras en un mundo casi desconocido entonces, sólo la impresión de que han sido superadas por muchos otros y con creces. Es en sus libros donde Joseph Conrad cobra vida, en la mirada centelleante y apasionada con que aborda el mundo y su gente, en la alta montaña de palabras que levantó del vuelo a oscuras de todo escritor, de la soledad, de la incertidumbre del futuro, en el breve cruce de una ventana a otra.

Autor: Vlady Kociancich
Fuente: La Nación

G.Haefs: Novelas acción necesitan agua, vino, sangre, sudor, semen y lágrimas

Posted in General with tags , on Agost 14, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

El escritor alemán Gisbert Haefs ha asegurado hoy en la Expo de Zaragoza que mientras los libros de pensamiento y contemplación no requieren ‘vida ni agua’ porque sólo son para el cerebro, las novelas de aventuras necesitan ‘agua, vino, sangre, sudor, semen y lágrimas’ porque son para el cuerpo entero.

Gisbert Haefs, que recibió en 2007 el Premio de Honor de Novela Histórica ‘Ciudad de Zaragoza’, ha hecho estas declaraciones antes de intervenir en el Agora de la Tribuna del Agua, donde ha participado en una charla sobre agua y literatura.

El novelista alemán ha comentado que el agua es ‘la base imprescindible de la vida’ además de una parte importantísima de todos los otros líquidos que a los seres humanos les gustan y necesitan.

Haefs, quien ha indicado que no trata el agua de manera directa en sus novelas, ha subrayado que lo que interesa de este elemento no es una idea abstracta o una composición química, sino qué se puede hacer con él. ‘No tengo mucha idea de H20’, ha bromeado.

Además, ha señalado que el próximo proyecto que publicará en España será un libro sobre Julio César y ha apuntado que actualmente está escribiendo ‘Los sabuesos del emperador’, una historia ambientada en el imperio español del siglo XVI, cuyo protagonista hará un alto en su camino al nuevo mundo en la Zaragoza de 1525.

Haefs, quien ha reconocido que ‘desde hace mucho tiempo’ se siente un ‘poco maño’, ha explicado que en una de sus últimas visitas a Zaragoza prometió al alcalde, Juan Alberto Belloch, que iba a hacer algo en una de sus novelas relacionado con la ciudad.

Y es precisamente ese chico que va a parar en Zaragoza ‘para tomar una cerveza’ y ‘relajarse un poco’ en la caza de los asesinos de su familia, ha dicho Haefs, quien ha avanzado que el primer tomo de esta novela se publicará en Alemania en abril o mayo de 2009.

Joseph Conrad, el último escritor

Posted in General with tags , on Mai 14, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

Lo primero que leí de Joseph Conrad (1857-1924) fue su novela corta La Línea de la Sombra. Nomás leer su prólogo quedé fascinado por la prosa de este maestro de la narración. Recuerdo del citado texto su concepto de que la propia realidad nos ofrecía un argumento muy superior a cualquier fantasía que podamos idear.
Fascinante ser humano por el gran derrotero que hubo en su vida. Aventurero en la marina, soldado, polaco de nacimiento, inglés por adopción, fundamental en la independencia del estado africano de el Congo, intelectual, contertulio de John Galsworthy, Rudyard Kipling, Henry James, George Bernard Shaw y Bertrand Russel, entre otros notables de su época; y principalmente maestro de la narración y casi podría afirmar que Conrad fue el último escritor de una estirpe de narradores de aventuras exóticas, personajes extremos y tragedias humanas en dicho contexto. A riesgo de exagerar la nota, cierra el estilo Verne y Salgari, especialmente éste último. Pero con una prosa de altísimo nivel y muy rica en metáforas, descripción psicológica y humanismo.
En la obra de Conrad hay un hilo conductor, un tema frecuente que no aburre ni resulta rutinario. Antes bien, el lector novela tras novela, cuento tras cuento, espera el encuentro con el personaje protagonista erigido en titán de la historia. Lord Jim, Axel Heyst, Almayer, Wilems, Kurtz; el nombre cambia pero la esencia es similar: solitario, desventurado, con un pasado tormentoso, un presente inquietante y un futuro de tragedia. Intrigas, conspiraciones y un lento “golpe tras golpe” que hace que nuestro héroe se levante y vuelva a caer en un círculo constante de seguro final.
Conrad es el escritor del romántico perdedor a lo Bogart en Casablanca, del anónimo héroe que batalla contra la soledad y la locura que lo rodea y que asiente resignado hasta que los ojos de una bella mujer se asientan en los suyos. Y es un escritor al cual recurre con frecuencia la industria del cine.
Desde su primera novela, La Locura de Almayer, continuando por su excelente cuasi secuela Un Vagabundo de las Islas, luego las maestrísimas Lord Jim y Victoria o relatos cortos de gran fama y excelencia como Gaspar Ruíz (ambientada en Sudamérica en la revolución del Siglo XVIII con personajes como San Martín en la trama), El Corazón de las Tinieblas o la originalísima El Duelo, Joseph Conrad mantiene su estilo prosaico y apasionado. Todo un romántico, sin dudas.
Y este notable escritor hasta tuvo la brillantez de escribir una novela donde combina la ironía, el humor negro y un gran anticipo de lo que sería el terrorismo de atentados. Me refiero, claro, a El Agente Secreto.
Luego de haber leído su obra completa compuesta por 13 novelas, dos libros de memorias y 28 relatos cortos, considero como su obra maestra la novela Victoria la que se sitúa entre mis diez novelas favoritas de toda la literatura universal. Las aventuras y la tragedia que rodean la vida de Axel Heyst se encuentran entre lo más elevado de la narrativa contemporánea.
Joseph Conrad aún es un escritor por descubrir para mucha, muchísima gente.
Anímate ahora.

Fuente: El Cuervo López

El angel devastado

Posted in General with tags , on Abril 27, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

Annemarie Schwarzenbach, escritora de particular lirismo, poeta, viajera tenaz, fotógrafa y también incansable buscadora de paraísos artificiales –como los que ofrecen algunas drogas–, ha sido capaz de sembrar amores a su paso y también de cosecharlos sin perder nunca su compromiso político ni el deseo de aventura con el que se topó su vida, justo en el fin, a los 34 años. He aquí un homenaje a esta mujer a la que ahora, merced a la editorial Anagrama, puede leerse en castellano.

Ella tenía un rostro muy hermoso que, lo supe enseguida, me perseguiría hasta el fin de mi vida con su aire de indefinible tristeza… Frente a semejante esplendor, no pude dejar de pensar en el encuentro entre Mushkine y Nastasia en El idiota, cuando él experimenta terror, piedad, amor. Ella vestía lo más sobrio de la moda de ese verano, pero hasta yo misma me di cuenta del sello de un gran couturier parisiense. Me pidió enseguida que la llamara Annemarie y nos convertimos inmediatamente en amigas. A su pedido, la volví a ver al día siguiente.” Así describió Carson McCullers su encuentro en octubre de 1940 con la suiza Annemarie Schwarzenbach, escritora, periodista, fotógrafa, arqueóloga, cuya vida y obra comenzaron a ser recuperadas, investigadas y exaltadas en los –’90, más de cincuenta años después de su muerte acaecida en 1942, a los 34.

La genial escritora norteamericana, de 23, acababa de llegar a Nueva York gracias al suceso de su primera novela, El corazón es un cazador solitario. El hecho de que Carson estuviera con su marido no impidió que la joven se enamorase locamente de la bella y seductora Annemarie, de 32. Pero la suiza mantenía por ese entonces un tormentoso affaire con la exiliada alemana Margot von Opel, también casada (con el riquísimo industrial del mismo apellido), y no pudo corresponder a la pasión de Carson McCullers, aunque se encariñó mucho y apreció, además de su novela, las afinidades que las acercaban: ambas habían publicado su primer libro a los 23, habían dejado una prometedora carrera de pianistas y sufrido la dominación de madres autoritarias y posesivas, ambas escribían sobre la soledad y el ansia desesperada de amor. A Annemarie, en contra de toda forma de discriminación desde muy joven, la conmovió el espíritu sensible y democrático de Carson, capaz de “poner en escena a personajes negros con la misma precisión y sencillez, y en el mismo plano que a los personajes blancos”.

Corresponsal en los Estados Unidos de varios periódicos suizos, AS envió pronto su elogioso artículo sobre la autora de El corazón…, en cuya primera versión, no publicada, incluía parte de una carta que le enviara CM hablándole de sus búsquedas y metas literarias. Poco después, tiene lugar la separación de las dos amigas, y entonces Annemarie le escribe a Klaus Mann, su amigo del alma: “Pensé que estaba manejando este asunto con prudencia y tacto, pero ella está tan convencida de que soy su destino… Y ahora su marido la ha dejado a causa de esta situación. Margot tiene razón al pensar que una no es del todo irresponsable cuando suceden episodios como éste”. En realidad, fue Carson McCullers la que dejó a su esposo Reeves y se fue sola a Vermont, a un importante encuentro de escritores. A su regreso, intentó vanamente reencontrarse con Annemarie, quien le confió su preocupación por carta al editor Robert Linscott: “Me apena no estar en condiciones de hacer algo por Carson. La quiero profundamente, desearía que el mundo le resultara más fácil de afrontar, que nunca nadie le hiciera daño. Pero ella es una candidata segura a no poder admitir ciertas realidades”. Ciertamente, AS sabía muy bien, en carne propia, de qué estaba hablando.

Sin rencores, Carson McCullers le dedicaría su segunda, magnífica novela Reflejos en un ojo dorado (1941) para júbilo de Annemarie (“Que un talento tan grande como el tuyo exista, que un libro como éste sea leído, Carson querida, será una compensación para mí”, le escribió desde el Africa. “Acuérdate de los momentos en que nos comprendimos, cuánto nos quisimos. No olvides nunca esta terrible obligación de escribir, no te dejes estar y cuídate mucho”). Años después, en un ensayo, Carson McCullers anotaría refiriéndose nuevamente al aspecto de su amada, ya muerta: “Su cara era un Donatello, su fino pelo como el de un muchacho, su mirada azul oscuro te examinaba lentamente, su boca era infantil y dulce”. Y Annemarie evocaría de Carson “su rostro pálido de niña, sus grandes ojos grises soñadores, su expresión inteligente e inocente, a la vez triste y llena de osadía”.

El año próximo se cumple el centenario del nacimiento de Annemarie Schwarzenbach, nacida el 23 de mayo de 1908 en Zurich, hija de un poderoso industrial textil de la seda, Alfred Schwarzenbach, y de Renée Wille (hija del general Ulrico Wille y de Clara von Bismarck, parienta del canciller). Tercera entre cinco hijos e hijas, Annemarie recibió instrucción primaria a domicilio, en la suntuosa propiedad rural de Bocken. También aprendió a tocar el piano y equitación. A partir de 1923, estuvo un par de años en una escuela privada secundaria y empezó a escribir para la revista del movimiento Wandervogel. Luego estudió dos años en el instituto para mujeres de Fetan donde obtuvo el título de bachiller. En 1928 logró viajar a París y hacer varios cursos en la Sorbona. A los 21, publicó la nouvelle Erik en el diario Neue Zürcher Zeitung, de Zurich, donde al año siguiente le aceptaron un ensayo sobre la juventud. En 1930 conoce a personas que tendrán mucho peso en su vida como Claude Bourdet y Erika Mann –hija del escritor Thomas Mann–, de quien se enamora sin reciprocidad, aunque ambas mujeres mantienen una amistad con altibajos a lo largo de los años. En ese mismo año escribe la nouvelle Ruth y se encuentra con Klaus Mann, hermano de Erika. En 1931, termina su doctorado de historia y aparece su primera novela, Los amigos de Bernhard, mientras prepara otra obra de ficción, hoy perdida. Comienza a trabajar en periodismo y a viajar asiduamente.

A los 25, las cartas de la vida de Annemarie Schwarzenbach están echadas: asumido el compromiso antifascista, iniciada en el consumo de morfina, estrechados los lazos de amistad con los hermanos Mann con quienes comparte la actuación contra el nazismo, amistades amorosas con varias mujeres, crisis de salud agravadas por su dependencia de las drogas y el alcohol, viajes en todas direcciones, vocación indeclinable por la literatura, gusto por la investigación periodística desde los más diversos enfoques, relación muy conflictiva con esa madre tremenda que pretende modelarla como un objeto artístico a su antojo, y que no soporta que la chica (que está de acuerdo con ella en el entusiasmo por los caballos y la música) se le escurra de las manos a través de largos viajes a países exóticos y lejanos, y –sobre todo– por medio de la literatura, ese territorio donde Annemarie empieza a revelar secretos que la “generala”, deseosa de salvar la fachada aristocrática de cualquier escándalo, preferiría guardar celosamente. De hecho, buena parte de los diarios íntimos y otros textos de la escritora, muerta a los 34 por causa de una caída de la bicicleta, fueron hechos desaparecer por su madre y su abuela, dos guardianas de la compostura exterior.

En los ’90, pues, Annemarie Schwarzenbach comienza a ser redescubierta y valorada, aparece una serie de biografías, entre las cuales la de Vinciane Moescheler (2000) y la de Dominique Laure Miermont (2004) publicada por Payot, editorial francesa que ha dado a conocer varios libros de AS. Asimismo se consigue en castellano la historia de vida novelada Ella, tan amada, editada en España por Anagrama (2006), de Melania G. Mazzucco, basada en datos verídicos pero escrita en una especie de trance mediúmnico. Uno de los viajes de AS a Oriente inspiró el film The Journey to the Kafiristan (2001), de Fosco Dubini.

El torbellino de una vida

Una de las fotos más misteriosas y turbadoras de Annemarie Schwarzenbach –tan fotogénica ella sin una brizna de maquillaje– es la que le tomó Marianne Breslauer, discípula de Man Ray, en Berlín, 1932. Look de efebo a lo Tadzio (el adolescente de Muerte en Venecia, la novela de Thomas Mann filmada por Luchino Visconti), poquitos años después de cruzarse con Gustav von Aschenbach: el pelo corto al desgaire, la mirada triste puesta en otra parte, la mitad del rostro en sombra. “Ella me hizo el mismo efecto que a todo el mundo con su extraña mezcla de hombre y mujer”, declaró Breslauer en 2001, poco antes de morir. “Para mí, Annemarie correspondía a la imagen del arcángel Gabriel en el Paraíso… No del todo un ser vivo sino una obra de arte.”

Es precisamente la foto que Annemarie le envía a fines de 1934 a Claude Acchille Clarac, el diplomático francés con quien se casará en Teherán, 1935, un matrimonio que convenía a ambos en esa época –a él le gustaban los hombres, quizá menos que a ella las mujeres– y le aseguraba a Annemarie la nacionalidad francesa, un posible recurso frente al ascendente nazismo. En la dedicatoria, después de señalarle que su madre Renée detestaba esa imagen debido a su apariencia un poco mórbida, pregunta maliciosa: “¿Acaso tú, querido, soportarás esa mirada? Es mi lado tenebroso…”

La poeta Catherine Pozzi, uno de los amores de Paul Valéry, conoció a AS al año siguiente de haber sido hecha esa extraordinaria foto y le escribió a su hijo Claude Bourdet (quien poco después caería flechado por la rubia fatalmente ambigua): “Cuánta gracia en ese rostro serio, aunque su mirada irradia inquietud, como solicitada por invisibles penas… Cerca de ella se tiene un curioso sentimiento de inestabilidad, como si trasmitiera el mal de Europa”. Obviamente, la poeta percibió en ella el reflejo de los conflictos crecientes que agitaban Europa.

La belleza enigmática, equívoca de la suiza viajera con sed de infinito fascinaba a su paso, provocaba comentarios de admiración, asociaciones con lo angélico pese a su conducta escandalosa, a sus amores cambiantes, a su afición a las drogas y el alcohol. El poeta Roger Martin du Gard la vio como “un ángel inconsolable” y, para no ser menos, Thomas Mann –que tenía debilidad por ella y la nombra varias veces en su diario– la describió como “un ángel devastado”.

Entre los múltiples talentos de Annemarie figuraba su destreza para tocar el piano, desarrollada desde muy chica bajo la mirada exigente de su madre, melómana fervorosa que se desvivía por las óperas de Wagner, y también por una mezzo alemana que las interpretaba, Emma Krüger, a quien había conocido en 1910 haciendo Lohengrin. Renée se rindió ante su voz y su calidad interpretativa y mantuvo con la cantante una intensa amistad ante la tolerancia de papá Alfred. Emma disponía en Bocker del mejor de los cuartos de huéspedes, que sólo ella (y el personal de limpieza) pisaba, incluida la sala de baño con grifería de plata. A casa de Annemarie caían compositores (Richard Strauss, Arthur Honegger), pianistas (Wilhem Backhaus), directores de orquesta (Arturo Toscanini, Bruno Walter). Criada en ese ambiente propicio, con excelentes maestros y muy dotada como intérprete, no extraña que la chica haya debutado adolescente en Zurich, tocando el concierto de Schumann. Su precoz virtuosismo llamó la atención de los entendidos y una prometedora carrera pareció abrirse.

Pero en esta etapa también aparece el interés de Annemarie por la escultura (a la escritura ya se dedicaba desde niña) para fastidio de mamá Renée, quien –según le contó AS a Carson McCullers– llegó a golpearla porque contradecía sus planes, lo que la reafirmó en su deseo de soltarse de esa tutela sofocante. En el liceo, la inquieta jovencita adhiere al Wandervogel, movimiento juvenil neorromántico pro retorno a la naturaleza, de tendencias pacifistas y socialistas, que cuestiona el papel del Estado, la Iglesia, la familia, la escuela. Annemarie escribe varios artículos en la revista del movimiento, entre los cuales uno titulado El problema de las muchachas: en tono provocativo y reivindicatorio, critica la pasividad de las chicas en las discusiones, la falta de un punto de vista personal, la pereza mental. “Que los muchachos son más fuertes físicamente, es algo evidente –anota–, pero en general nosotras las mujeres no somos en absoluto inferiores a ellos.” Visionaria a los 17, exhorta a las jóvenes a emanciparse de la protección masculina, a constituir una fuerza autónoma.

Adolescente, ya hace estragos en varones y mujeres: un prestigioso teólogo, el pastor Ernst Merz, se enamora de ella y se lo confiesa en una carta, pero a Annemarie sólo le interesa mantener discusiones teológicas con él. El coup de foudre absoluto lo recibe la estudiante que ya dejó el piano, aunque no la música, a los 22, en 1930, cuando conoce a Erika Mann, de 25, linda, dinámica, irónica, segurísima de sí misma, con mucha iniciativa. Pero la hija del célebre escritor tiene una fuerte liaison con una actriz, Therese Gieshe. Annemarie sufre terriblemente por la decepción, a la vez que comprende que Erika es muy valiosa para perderla, y se hacen amigas. Una relación a la que pronto se suma Klaus, el hermano inseparable, tanto que con Erika se hacen pasar por gemelos. Para el joven, la lucha contra Hitler es prioridad dominante y Annemarie se pliega convencida.

El Berlín de los tempranos años ’30 es un paraíso a los ojos de AS: ciudad de gran efervescencia creativa, suerte de capital artística de Europa en ese momento, donde se respira el desprejuicio, donde conviven Fritz Lang, Bertolt Brecht, Marlene Dietrich, Peter Lorre, Kurt Weill, Max Beckmann…, y donde también la crisis económica se hace sentir. Annemarie escribe notas periodísticas, reseñas de películas. Viaja con los Mann a Venecia, a los países escandinavos, mientras en Alemania las elecciones legislativas marcan el avance del partido nazi. En 1932, recibe su bautismo de morfina en compañía de Klaus y Erika, con quienes lleva a cabo actividades antifascistas: apoya a ella en el proyecto del cabaret literario El molinillo de pimienta, que ofrece sketches de claro contenido crítico. Y más tarde, cuando Hitler ya ha sido nombrado canciller, se incendió el Reichstag y empezó el boicot a los negocios judíos, Annemarie –que está escribiendo El refugio de las cimas– decide fundar una revista cultural que se convierta en la voz de la oposición, de los exiliados, de los perseguidos: Die Sammlung, que dirigirá Klaus Mann. La publicación aparece el 1º de septiembre de 1933, apadrinada por André Malraux, Aldous Huxley, Heinrich Mann. Sin desinteresarse del destino de la revista, a la que seguirá apoyando y consiguiéndole fondos y colaboraciones, Annemarie decide viajar por primera vez a Persia, pero antes va a Barcelona con Marianne Breslauer. El deseo de Oriente es muy fuerte en ella y está sostenido por sus conocimientos de arqueología y sus firmes intereses humanistas. Turquía, Siria, Beirut, Bagdad, Teherán… Annemarie se siente en armonía con estos paisajes fuera del tiempo. También se muestra receptiva, en sus cartas y en sus notas periodísticas, a sus habitantes, a la situación de las mujeres, al fatalismo religioso. Vive arriesgadamente, se emborracha, se droga, visita prostitutas, pero no deja de enviar sus artículos porque su familia –su madre– le ha cortado los víveres.

Siempre dispuesta a nuevas aventuras, a su regreso acompaña a Klaus a un congreso de escritores en Moscú, en un período de relativa bonanza antes del terror staliniano. Conoce al director holandés Joris Ivens y fantasea con la idea de acompañarlo a filmar a la China.

El cabaret de Erika recibe en Zurich un ataque, al parecer organizado por Renée Schwarzenbach, y Annemarie toma partido por su amiga, aunque lamenta la ruptura casi total con su familia. Viaja a Teherán para casarse pero apenas resiste el papel de esposa de diplomático, en un acceso de malaria recibe la visita de la hija del embajador de Turquía y tiene lugar una breve historia de amor que llevará al libro Muerte en Persia. Al tiempo se recupera con otra mujer, la norteamericana Barbara Wright, fotógrafa. Ambas se van a Persépolis, una estadía feliz hasta que llega el momento de la separación porque Barbara retorna a su país. Hacia donde viajará Annemarie en dos oportunidades, en 1936 y 1938, entre una ida a Persia y otra, quedándose varios meses en cada oportunidad. En misión periodística, visita ciudades industriales, investiga la situación de los trabajadores y los problemas raciales en el sur.

Anita Forres, Gustava Tavez pasan por su vida, también algunas curas de desintoxicación, antes de que emprenda viaje a Afganistán con la célebre viajera Ella Maillart. Una vida errante pero no azarosa, de mucho –y arriesgado– compromiso político, de búsqueda de paraísos perdidos reemplazados por paraísos artificiales, de exaltación del sufrimiento que dio lugar a una producción literaria de singular lirismo.

Autora: Moira Soto
Fuente: Página/12

Efemérides: Thomas Mayne Reid

Posted in General with tags , on Abril 12, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

1818.- Nace el escritor británico Thomas Mayne Reid, autor de novelas de aventuras como “Los cazadores de cabelleras”, “El jefe blanco”, “El jinete sin cabeza”, “Los guardabosques del rifle”.
Vive un tiempo en Estados Unidos y en México, donde lucha en la guerra de 1847. Algunas de sus historias han sido llevadas al cine con éxito.

Fuente: El Porvenir