Arxivar per Joseph Conrad

El vuelo en la oscuridad

Posted in General with tags , , , on Desembre 11, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

El investigador inglés John Stape ha logrado, en Las vidas de Joseph Conrad, una biografía minuciosa y veloz del autor de Lord Jim. El único detalle ausente en la narración es la literatura. Sin embargo, ese retrato exhaustivo permite observar la alquimia que convierte una peripecia real en el oro de una obra memorable

En un rincón del norte de Inglaterra cuando aún no era Inglaterra sino un caleidoscopio de aldeas con nombres de invasores germanos, en un palacio del seiscientos de nuestra era, una noche de viento y nieve, el monarca y sus nobles, en círculo alrededor del fuego, escuchan una historia. La cuenta un mensajero que ha cruzado el mar, el hielo, las tormentas, para traer al rey esa historia junto con un reclamo que exige una respuesta.

El mensajero, que habla a guerreros cansados en cuarteles de invierno, a jefes que en los últimos veranos han perdido sus mejores cartas en el juego sangriento del poder, hecho de saqueos y de matanzas, dice que su historia trata de una verdad, la de un dios único y victorioso en todas las batallas, las de la tierra y las del cielo. Narra, confiado, extrañas aventuras de ese dios en países aún más extraños que están del otro lado del océano. Finalmente enumera los bienes concedidos a quienes dejaron atrás las creencias paganas, los falsos ídolos que se derrumban cuando los toca el infortunio. Nombra reyes y cortes cercanas que veneran a este joven dios muerto, resucitado y todopoderoso, su señor, que hoy gozan de paz y de prosperidad, de riqueza y de fama, porque han aceptado jurar la nueva fe. El mensajero es modesto y elocuente.

El rey duda. Ya ha escuchado esa historia, de lejos, como golpes de remos en el agua, de naves avanzando en la niebla, pero ahora le piden que se suba a una de ellas y la comande. Que cambie el rumbo, que traicione a las deidades de Asgard y el Valhalla, héroes de un cósmico tablero de ajedrez del que rodarán las piezas el día final, en la mitad de un juego, como fue prometido. Duda mientras piensa en su gente, todos iguales, él también, bajo la autoridad de los antiguos dioses, iguales a ellos salvo en la eficacia de la magia, que en estos días declina y consiente las derrotas. Entonces consulta a su viejo sacerdote, que está presente y no ha dicho una palabra. ¿Debe o no entregarse a esta nueva religión? “Sí –responde el sacerdote–, quizás el mensajero esté diciendo la verdad, quizás ese joven dios sea más poderoso que los nuestros, porque no tenemos certeza de la vida más allá de este mundo. Somos –dice el anciano– como un pájaro que vuela en la oscuridad y el frío de la noche, que entra por una de las ventanas del palacio, que durante un momento atraviesa la luz y el calor, y luego sale por otra ventana, de regreso a la oscuridad y al frío.” El rey se convierte al cristianismo.

Recordé esta crónica medieval inesperadamente, mientras cerraba un libro que había terminado de leer y que no guarda la menor relación con historias de santos o de religiones. Es una nueva biografía de Joseph Conrad escrita por un profesor e investigador inglés, John Stape. El título, Las vidas de Joseph Conrad, ya promete al lector una curiosa vuelta de tuerca al mecanismo biográfico tradicional: el autor de Lord Jim no tuvo una sola vida sino varias. Para documentar esta tesis, se utilizará un flamante tesoro de correspondencia y de diarios privados que se han ido abriendo en los últimos años, con datos no accesibles en décadas anteriores. El prólogo advierte que toda biografía de un gran escritor contiene ficciones creadas por el testimonio poco confiable de quienes lo trataron, omisiones y fantasías circunstanciales a las que se suma el aporte imaginativo del escritor cuando debe contarse a sí mismo, como lo hizo Conrad en su Crónica personal, inexacta en fechas, lugares y viajes. Ahora, gracias al reciente aluvión de documentos e investigaciones, se podrá separar la ficción de la realidad, bajar a tierra al Conrad mítico y obtener un retrato fiel de esa personalidad reticente y esquiva que ha eludido a sus admiradores.

En términos de una biografía tan ambiciosa, la de John Stape es breve. Menos de 600 páginas en un volumen de tamaño mediano que incluye fotos, bibliografía, notas y mapas. Y, sobre todo, veloz. La vida de Conrad, singular, aventurera y romántica en comparación con el modelo del escritor clavado a un escritorio, pasa como un tren bala desbordante de datos: toda la infancia, adolescencia y juventud del marino Jósef Teodor Konrad Korzeniowski, aristócrata nacido en Polonia en 1857, que adoptará en Inglaterra el nombre de Joseph Conrad; todo sobre el capitán Korzeniowski y los viajes en los mares del Sur que darán ambientes y personajes para su obra; todo el Conrad escritor, casado, con dos hijos, y el círculo de sus amigos y colegas; todos los detalles de un Conrad ya prestigioso pero no popular. Por último, todos los pasos de Conrad y la fama.

Aun para quienes hemos leído las biografías más conocidas, la clásica de Zdzislaw Najder, la de Jocelyn Baines, entre otras, o las memorias caseras de Jessie Conrad, la de Stape resulta fascinante por un arte menor: la concisión. Una suerte de milagro periodístico que resume una vida entera sin dejar suelto un solo cabo. Salvo, ay, la literatura de Conrad, que flota a la deriva, siguiendo sólo el curso de los hechos. Un lastre que el biógrafo ha soltado deliberadamente de su narración, para aligerarla y dotarla de esa velocidad asombrosa con que recorre años, países, mares, idiomas, guerras, aventuras, enfermedades, amigos, enemigos. A la mitad del libro, me pregunté dónde estaban la imaginación, la humanidad, la íntima grandeza de Conrad, que han dejado una marca indeleble en quienes lo leyeron. Apenas retenía una escena que, por insólita, me divirtió mucho: Conrad en un encuentro con J. M. Barrie, el autor de Peter Pan; había hablado tan exaltado, los ojos negros centelleantes, “como un terrible pirata a punto de abordar un barco”, escribió Barrie, que le inspiró el personaje del Capitán Garfio.

Pero el impacto de una lectura nunca es aparente ni inmediato en su totalidad. Cada libro leído, bueno o malo, es único en el presente pero a medida que transcurre el tiempo se une al cuerpo de la memoria, que acumula y mezcla impresiones y juicios, lecturas vulnerables, como nosotros mismos, a la idolatría o la injusticia. Y sin embargo, leer construye en la inestabilidad del recuerdo un mundo propio de asociaciones independientes de nuestra voluntad, como un castillo en el fondo del mar, misterioso y sin dueño, que guarda verdades no percibidas en la superficie, que las revela cuando uno menos lo espera, cuando uno cae en esas aguas profundas por accidente o por azar. En mi caso, por una biografía de Conrad que excluye su literatura, que se refiere a la escritura como un oficio en que las lides habituales, el trato con editores y agentes literarios, las fechas de publicación, las ganancias detalladas hasta la última libra tienen más relevancia que la obra.

Terminé el libro, lo cerré y me sorprendí pensando qué hubiera dicho Conrad de aseveraciones como ésta: “Escribir no debió carecer de aventura para él”, frase que rebaja una intención artística que le costó años de indiferencia pública a un crucero de turismo. O sobre el terrible viaje al Congo en 1889, que dio uno de los relatos más extraordinarios en lengua inglesa, El corazón de las tinieblas, donde efectivamente y documentado en registros oficiales, Conrad estuvo a punto de morir, perdió la salud y, para siempre, la carrera de marino con que se ganaba la vida: “No fue la pesadilla que cuenta”. ¿Qué hubiera dicho? Cómo saberlo.

No creo en fantasmas, así que Conrad no se me apareció, ni indignado ni escéptico ni complaciente, a darme una respuesta. Pero sí creo que la literatura es el fantasma de una memoria universal, fantasma de recuerdos de recuerdos anudados en el hilo del tiempo, que se muestra y habla a poetas, lectores y escritores en distintas formas y lenguajes pero sin perder su identidad, su sentido de pertenencia a todo lo humano, lo fugaz, lo inasible de nuestra existencia en este mundo. Y ese fantasma, salido de un antiguo texto eclesiástico, tomó la voz de Conrad y dijo con el tono de sus mejores libros: “Somos como un pájaro que vuela en la oscuridad y el frío de la noche, que entra por una de las ventanas del palacio, que durante un momento atraviesa la luz y el calor, y luego sale por otra ventana, de regreso a la oscuridad y al frío”.

Durante el resto del día, esas palabras escritas hace unos mil trescientos años me siguieron obstinadamente, como campanadas lejanas que repicaban en el nombre de Conrad. Ya era de noche cuando entendí la conexión entre el relato medieval y una biografía de este siglo. Del primer texto, nos llega la visión de un mundo hostil, aislado en el invierno, en que la soledad, la tristeza y la incertidumbre se expresan en la espléndida metáfora del pájaro que vuela a oscuras en el frío, sin pasar más que brevemente por la luz y el calor. Del segundo, el propósito de mostrar al escritor separado de la obra, como si vida y obra pudieran cortarse de un tajo, que da un retrato en que el escritor es irreconocible y el hombre, si aceptamos la dualidad, una caricatura hecha de manías, de nervios, de caprichos. Pero paradójicamente, la detallada información de cada uno de sus movimientos, la transcripción minuciosa de viajes, cartas, opiniones y críticas, las erráticas interpretaciones sobre su carácter revelan, sin querer, por ausencia, una conmovedora pintura de Joseph Conrad y de los temas de sus libros. Una vida de lucha en un mundo que siempre le es hostil, una conciencia de su soledad en la vida y en el arte, el vuelo a oscuras en busca de una luz, la digna aceptación de la incertidumbre como uno de nuestros rasgos invariables.

“A lo largo de su vida había comprobado que muchos hombres buenos (marinos y de los otros) se hundían bajo el peso de la pura mala suerte, y había aprendido a reconocer los síntomas fatales”, piensa el protagonista de La soga al cuello. Conrad también ha adquirido esa experiencia. “Con tanta regularidad el pobre diablo se atascaba en un recoveco de la costa que hubiera sido injusto achacar esa perpetua encalladura a su atolondramiento”, escribe. Las peripecias de una vida se translucen en este fragmento. Mala suerte que desequilibraba la buena tuvo Conrad, y en cantidades asombrosas.

Con una infancia desdichada en una Polonia sometida a la tiranía rusa, arrastrado de un sitio a otro por las ideas revolucionarias de su padre; compartiendo, a los cuatro años, la prisión de sus progenitores en una suerte de campo de concentración donde la temperatura invernal llegaba a los 45° bajo cero; huérfano a los once, criado por una abuela, luego protegido por un tutor, embarcado en la carrera de marino a los quince, emprende un viaje incesante. Viaje que encalla regularmente en distintos tipos de fracaso, ya sea en las playas más remotas del mundo o, cuando se ha instalado en Inglaterra, en las casas que alquila y abandona en una constante mudanza, en las idas y venidas de Europa en busca de un clima tibio que lo mantenga sano y en el que pueda escribir. Porque si de niño era frágil, a los cuarenta la enfermedad lo sigue como su propia sombra: gota, reumatismo, fiebres, malaria y la melancolía que acompaña a la invalidez. Su pésima salud y la imposibilidad de encontrar un puesto en un barco lo deciden a ganarse el pan escribiendo. No es una decisión atolondrada. La buena suerte llega en la demanda de nuevos autores para la ficción por entregas y Conrad ya había escrito el borrador de una novela, La locura de Almayer. Publica y la crítica es estimulante. Pero la mala suerte reaparece, imprevista. Conrad es un escritor lento. “Se toma demasiado tiempo –rezonga un crítico de entonces– para tapar la acción bajo una montaña de palabras.”

El terror de la página en blanco lo entienden fácilmente incluso quienes no escriben. Pero la angustia de la lentitud nunca aparece sin una broma o un sarcasmo sobre el escritor que la sufre, aunque las lentas páginas logradas sean maravillosas. En el caso de Conrad, esa lentitud, que de hecho no era más que coherencia con su estética, la de no someterse a las exigencias de un mercado que pedía historias entretenidas y sin vueltas, la de encontrar la forma y el tono justos para cada narración, consistía en alargar capítulos, en no respetar las fechas de entrega porque se le había ocurrido un argumento nuevo, otro punto de vista. Para un escritor cuyo único ingreso de dinero provenía de sus ficciones, ser lento no era un defecto cualquiera, era una circunstancia trágica; y la tensión de no poder cumplir con un contrato, una revista o una editorial le amargó la vida. Anclado a su escritorio, veía con horror de sí mismo cómo sus colegas y amigos, H. G. Wells, John Galsworthy, Henry James, pasaban de un libro a otro con mágica velocidad, entre las distracciones de la vida social, las cenas, los amores, los divorcios, mientras él encallaba en una página o lo inmovilizaba la fiebre o un ataque de gota. En el mejor momento de Lord Jim, cuando el dolor en la muñeca le impedía sostener la pluma, se colgó un peso de la mano para afirmarla y continuar. No es extraño que sus cartas rezumen una inseguridad que raya en el pánico. “Desde el pasado junio he estado bastante bien. Sólo cabe contar la falta de agilidad. El sentimiento de que el juego ya no vale la pena. Condenado a jugar, persisto como una araña desilusionada tejiendo en medio de un vendaval.” “En el curso de un día laborable de ocho horas escribo tres frases, que borro antes de levantarme de la mesa, desesperado.” Y sin embargo, de esta desesperación surgen, en poco más de un año, entregas de Lord Jim que está por completarse, cuentos como “Juventud” y el magistral “relato africano” El corazón de las tinieblas.

La buena suerte, empujada por el genio y la voluntad, es para Conrad tan excepcional como la mala. Extranjero, de profesión marino, sin contactos en Inglaterra, encuentra en el primer paso al agente literario ideal, el que soñamos todos los escritores: Edward Garnett, un joven culto, sensible, de paciencia infinita, que cree en su talento, que no sólo se ocupa de estimularlo sino que a lo largo de años pagará las deudas de Conrad y los interminables adelantos, un amigo que siempre interviene para salvarlo de las permanentes catástrofes, que escucha y entiende, sin quejarse. Otra racha increíble de suerte es el aplauso inmediato, el reconocimiento de escritores ya consagrados como Wells y James, de Edmund Gosse y de la crítica más prestigiosa, de filósofos como Bertrand Russell y otros intelectuales. Sabemos que los círculos literarios no son precisamente generosos, menos con un recién llegado, para colmo polaco y sin antecedentes académicos, y emociona la admiración, el apoyo público y privado que recibió Conrad de los autores más importantes de Inglaterra. Este mundo difícil y siempre esquivo le abrió los brazos desde el primer momento; los lectores, en cambio, miraban hacia otro lado. Los libros de Conrad se vendían muy poco. No gustaba el estilo, la prosa, la sutileza del lenguaje, las reflexiones sobre la vida, la muerte, el azar, la complejidad de la existencia. “Demasiado literario –se diría hoy– para un contador de historias.” Sin el soporte del leal agente, de editores con visión de futuro, de la admiración nunca menguada de sus brillantes colegas, quizá Conrad no hubiera sobrevivido a la oscuridad. Le iba tan mal que buscó un puesto en algún barco. Por buena suerte, esta vez para nosotros, sus lectores, no lo consiguió: había envejecido junto con los barcos que sabía tripular, los elegantes clippers de vela reemplazados por el barco de vapor, y se pedían jóvenes expertos en estas nuevas máquinas.

La fama le llegó desmesuradamente, trayendo consigo también una desmesurada fortuna (notas sueltas y manuscritos de Conrad eran comprados por coleccionistas al precio de caras joyas), cuando la imaginación del escritor se había vaciado del todo y su cuerpo perdía las últimas fuerzas con una novela menor en cuyo título parece resumirse el destino de Conrad: Azar. Murió repentinamente, de un infarto, solo en su dormitorio, en agosto de 1924. Tenía 67 años.

A un siglo y medio de los días en que el capitán polaco Jósef Teodor Konrad Korzeniowski hizo virar el rumbo de su vida marina a la del escritor en lengua inglesa con el nombre de Joseph Conrad, su obra, que siguió la ruta invariable de las grandes obras literarias en el curso del tiempo, costeando el olvido, esquivando modas y desdenes, refugiándose en pequeñas islas de lectores, bella y dúctil en la tormenta como uno de los barcos de vela de sus libros, reaparece en triunfo, multiplicándose en nuevas ediciones, nuevas antologías. Los relatos de Conrad han dado al cine films inolvidables: de denuncia sobre el horror del imperialismo en Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, o de ironía trágica en Los duelistas, de Ridley Scott, tan conradiano que llamó Nostromo a la nave espacial de su película Alien y usó el recuerdo, uno de los valores más significativos para Conrad, como prueba de la humanidad del androide de Blade Runner.

Del personaje que vieron sus contemporáneos en el hombre, el extranjero, el marino, el recluso, el noble de exquisitos modales o el manojo de nervios y de achaques, no quedan más que cartas, diarios y fotos; de la intriga de sus aventuras en un mundo casi desconocido entonces, sólo la impresión de que han sido superadas por muchos otros y con creces. Es en sus libros donde Joseph Conrad cobra vida, en la mirada centelleante y apasionada con que aborda el mundo y su gente, en la alta montaña de palabras que levantó del vuelo a oscuras de todo escritor, de la soledad, de la incertidumbre del futuro, en el breve cruce de una ventana a otra.

Autor: Vlady Kociancich
Fuente: La Nación

Anuncis

El vuelo en la oscuridad

Posted in General with tags , , , , on Octubre 25, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

El investigador inglés John Stape ha logrado, en Las vidas de Joseph Conrad, una biografía minuciosa y veloz del autor de Lord Jim. El único detalle ausente en la narración es la literatura. Sin embargo, ese retrato exhaustivo permite observar la alquimia que convierte una peripecia real en el oro de una obra memorable

En un rincón del norte de Inglaterra cuando aún no era Inglaterra sino un caleidoscopio de aldeas con nombres de invasores germanos, en un palacio del seiscientos de nuestra era, una noche de viento y nieve, el monarca y sus nobles, en círculo alrededor del fuego, escuchan una historia. La cuenta un mensajero que ha cruzado el mar, el hielo, las tormentas, para traer al rey esa historia junto con un reclamo que exige una respuesta.
El mensajero, que habla a guerreros cansados en cuarteles de invierno, a jefes que en los últimos veranos han perdido sus mejores cartas en el juego sangriento del poder, hecho de saqueos y de matanzas, dice que su historia trata de una verdad, la de un dios único y victorioso en todas las batallas, las de la tierra y las del cielo. Narra, confiado, extrañas aventuras de ese dios en países aún más extraños que están del otro lado del océano. Finalmente enumera los bienes concedidos a quienes dejaron atrás las creencias paganas, los falsos ídolos que se derrumban cuando los toca el infortunio. Nombra reyes y cortes cercanas que veneran a este joven dios muerto, resucitado y todopoderoso, su señor, que hoy gozan de paz y de prosperidad, de riqueza y de fama, porque han aceptado jurar la nueva fe. El mensajero es modesto y elocuente.
El rey duda. Ya ha escuchado esa historia, de lejos, como golpes de remos en el agua, de naves avanzando en la niebla, pero ahora le piden que se suba a una de ellas y la comande. Que cambie el rumbo, que traicione a las deidades de Asgard y el Valhalla, héroes de un cósmico tablero de ajedrez del que rodarán las piezas el día final, en la mitad de un juego, como fue prometido. Duda mientras piensa en su gente, todos iguales, él también, bajo la autoridad de los antiguos dioses, iguales a ellos salvo en la eficacia de la magia, que en estos días declina y consiente las derrotas. Entonces consulta a su viejo sacerdote, que está presente y no ha dicho una palabra. ¿Debe o no entregarse a esta nueva religión? “Sí –responde el sacerdote–, quizás el mensajero esté diciendo la verdad, quizás ese joven dios sea más poderoso que los nuestros, porque no tenemos certeza de la vida más allá de este mundo. Somos –dice el anciano– como un pájaro que vuela en la oscuridad y el frío de la noche, que entra por una de las ventanas del palacio, que durante un momento atraviesa la luz y el calor, y luego sale por otra ventana, de regreso a la oscuridad y al frío.” El rey se convierte al cristianismo.
Recordé esta crónica medieval inesperadamente, mientras cerraba un libro que había terminado de leer y que no guarda la menor relación con historias de santos o de religiones. Es una nueva biografía de Joseph Conrad escrita por un profesor e investigador inglés, John Stape. El título, Las vidas de Joseph Conrad, ya promete al lector una curiosa vuelta de tuerca al mecanismo biográfico tradicional: el autor de Lord Jim no tuvo una sola vida sino varias. Para documentar esta tesis, se utilizará un flamante tesoro de correspondencia y de diarios privados que se han ido abriendo en los últimos años, con datos no accesibles en décadas anteriores. El prólogo advierte que toda biografía de un gran escritor contiene ficciones creadas por el testimonio poco confiable de quienes lo trataron, omisiones y fantasías circunstanciales a las que se suma el aporte imaginativo del escritor cuando debe contarse a sí mismo, como lo hizo Conrad en su Crónica personal, inexacta en fechas, lugares y viajes. Ahora, gracias al reciente aluvión de documentos e investigaciones, se podrá separar la ficción de la realidad, bajar a tierra al Conrad mítico y obtener un retrato fiel de esa personalidad reticente y esquiva que ha eludido a sus admiradores.
En términos de una biografía tan ambiciosa, la de John Stape es breve. Menos de 600 páginas en un volumen de tamaño mediano que incluye fotos, bibliografía, notas y mapas. Y, sobre todo, veloz. La vida de Conrad, singular, aventurera y romántica en comparación con el modelo del escritor clavado a un escritorio, pasa como un tren bala desbordante de datos: toda la infancia, adolescencia y juventud del marino Jósef Teodor Konrad Korzeniowski, aristócrata nacido en Polonia en 1857, que adoptará en Inglaterra el nombre de Joseph Conrad; todo sobre el capitán Korzeniowski y los viajes en los mares del Sur que darán ambientes y personajes para su obra; todo el Conrad escritor, casado, con dos hijos, y el círculo de sus amigos y colegas; todos los detalles de un Conrad ya prestigioso pero no popular. Por último, todos los pasos de Conrad y la fama.
Aun para quienes hemos leído las biografías más conocidas, la clásica de Zdzislaw Najder, la de Jocelyn Baines, entre otras, o las memorias caseras de Jessie Conrad, la de Stape resulta fascinante por un arte menor: la concisión. Una suerte de milagro periodístico que resume una vida entera sin dejar suelto un solo cabo. Salvo, ay, la literatura de Conrad, que flota a la deriva, siguiendo sólo el curso de los hechos. Un lastre que el biógrafo ha soltado deliberadamente de su narración, para aligerarla y dotarla de esa velocidad asombrosa con que recorre años, países, mares, idiomas, guerras, aventuras, enfermedades, amigos, enemigos. A la mitad del libro, me pregunté dónde estaban la imaginación, la humanidad, la íntima grandeza de Conrad, que han dejado una marca indeleble en quienes lo leyeron. Apenas retenía una escena que, por insólita, me divirtió mucho: Conrad en un encuentro con J. M. Barrie, el autor de Peter Pan; había hablado tan exaltado, los ojos negros centelleantes, “como un terrible pirata a punto de abordar un barco”, escribió Barrie, que le inspiró el personaje del Capitán Garfio.
Pero el impacto de una lectura nunca es aparente ni inmediato en su totalidad. Cada libro leído, bueno o malo, es único en el presente pero a medida que transcurre el tiempo se une al cuerpo de la memoria, que acumula y mezcla impresiones y juicios, lecturas vulnerables, como nosotros mismos, a la idolatría o la injusticia. Y sin embargo, leer construye en la inestabilidad del recuerdo un mundo propio de asociaciones independientes de nuestra voluntad, como un castillo en el fondo del mar, misterioso y sin dueño, que guarda verdades no percibidas en la superficie, que las revela cuando uno menos lo espera, cuando uno cae en esas aguas profundas por accidente o por azar. En mi caso, por una biografía de Conrad que excluye su literatura, que se refiere a la escritura como un oficio en que las lides habituales, el trato con editores y agentes literarios, las fechas de publicación, las ganancias detalladas hasta la última libra tienen más relevancia que la obra.
Terminé el libro, lo cerré y me sorprendí pensando qué hubiera dicho Conrad de aseveraciones como ésta: “Escribir no debió carecer de aventura para él”, frase que rebaja una intención artística que le costó años de indiferencia pública a un crucero de turismo. O sobre el terrible viaje al Congo en 1889, que dio uno de los relatos más extraordinarios en lengua inglesa, El corazón de las tinieblas, donde efectivamente y documentado en registros oficiales, Conrad estuvo a punto de morir, perdió la salud y, para siempre, la carrera de marino con que se ganaba la vida: “No fue la pesadilla que cuenta”. ¿Qué hubiera dicho? Cómo saberlo.
No creo en fantasmas, así que Conrad no se me apareció, ni indignado ni escéptico ni complaciente, a darme una respuesta. Pero sí creo que la literatura es el fantasma de una memoria universal, fantasma de recuerdos de recuerdos anudados en el hilo del tiempo, que se muestra y habla a poetas, lectores y escritores en distintas formas y lenguajes pero sin perder su identidad, su sentido de pertenencia a todo lo humano, lo fugaz, lo inasible de nuestra existencia en este mundo. Y ese fantasma, salido de un antiguo texto eclesiástico, tomó la voz de Conrad y dijo con el tono de sus mejores libros: “Somos como un pájaro que vuela en la oscuridad y el frío de la noche, que entra por una de las ventanas del palacio, que durante un momento atraviesa la luz y el calor, y luego sale por otra ventana, de regreso a la oscuridad y al frío”.
Durante el resto del día, esas palabras escritas hace unos mil trescientos años me siguieron obstinadamente, como campanadas lejanas que repicaban en el nombre de Conrad. Ya era de noche cuando entendí la conexión entre el relato medieval y una biografía de este siglo. Del primer texto, nos llega la visión de un mundo hostil, aislado en el invierno, en que la soledad, la tristeza y la incertidumbre se expresan en la espléndida metáfora del pájaro que vuela a oscuras en el frío, sin pasar más que brevemente por la luz y el calor. Del segundo, el propósito de mostrar al escritor separado de la obra, como si vida y obra pudieran cortarse de un tajo, que da un retrato en que el escritor es irreconocible y el hombre, si aceptamos la dualidad, una caricatura hecha de manías, de nervios, de caprichos. Pero paradójicamente, la detallada información de cada uno de sus movimientos, la transcripción minuciosa de viajes, cartas, opiniones y críticas, las erráticas interpretaciones sobre su carácter revelan, sin querer, por ausencia, una conmovedora pintura de Joseph Conrad y de los temas de sus libros. Una vida de lucha en un mundo que siempre le es hostil, una conciencia de su soledad en la vida y en el arte, el vuelo a oscuras en busca de una luz, la digna aceptación de la incertidumbre como uno de nuestros rasgos invariables.
“A lo largo de su vida había comprobado que muchos hombres buenos (marinos y de los otros) se hundían bajo el peso de la pura mala suerte, y había aprendido a reconocer los síntomas fatales”, piensa el protagonista de La soga al cuello. Conrad también ha adquirido esa experiencia. “Con tanta regularidad el pobre diablo se atascaba en un recoveco de la costa que hubiera sido injusto achacar esa perpetua encalladura a su atolondramiento”, escribe. Las peripecias de una vida se translucen en este fragmento. Mala suerte que desequilibraba la buena tuvo Conrad, y en cantidades asombrosas.
Con una infancia desdichada en una Polonia sometida a la tiranía rusa, arrastrado de un sitio a otro por las ideas revolucionarias de su padre; compartiendo, a los cuatro años, la prisión de sus progenitores en una suerte de campo de concentración donde la temperatura invernal llegaba a los 45° bajo cero; huérfano a los once, criado por una abuela, luego protegido por un tutor, embarcado en la carrera de marino a los quince, emprende un viaje incesante. Viaje que encalla regularmente en distintos tipos de fracaso, ya sea en las playas más remotas del mundo o, cuando se ha instalado en Inglaterra, en las casas que alquila y abandona en una constante mudanza, en las idas y venidas de Europa en busca de un clima tibio que lo mantenga sano y en el que pueda escribir. Porque si de niño era frágil, a los cuarenta la enfermedad lo sigue como su propia sombra: gota, reumatismo, fiebres, malaria y la melancolía que acompaña a la invalidez. Su pésima salud y la imposibilidad de encontrar un puesto en un barco lo deciden a ganarse el pan escribiendo. No es una decisión atolondrada. La buena suerte llega en la demanda de nuevos autores para la ficción por entregas y Conrad ya había escrito el borrador de una novela, La locura de Almayer. Publica y la crítica es estimulante. Pero la mala suerte reaparece, imprevista. Conrad es un escritor lento. “Se toma demasiado tiempo –rezonga un crítico de entonces– para tapar la acción bajo una montaña de palabras.”
El terror de la página en blanco lo entienden fácilmente incluso quienes no escriben. Pero la angustia de la lentitud nunca aparece sin una broma o un sarcasmo sobre el escritor que la sufre, aunque las lentas páginas logradas sean maravillosas. En el caso de Conrad, esa lentitud, que de hecho no era más que coherencia con su estética, la de no someterse a las exigencias de un mercado que pedía historias entretenidas y sin vueltas, la de encontrar la forma y el tono justos para cada narración, consistía en alargar capítulos, en no respetar las fechas de entrega porque se le había ocurrido un argumento nuevo, otro punto de vista. Para un escritor cuyo único ingreso de dinero provenía de sus ficciones, ser lento no era un defecto cualquiera, era una circunstancia trágica; y la tensión de no poder cumplir con un contrato, una revista o una editorial le amargó la vida. Anclado a su escritorio, veía con horror de sí mismo cómo sus colegas y amigos, H. G. Wells, John Galsworthy, Henry James, pasaban de un libro a otro con mágica velocidad, entre las distracciones de la vida social, las cenas, los amores, los divorcios, mientras él encallaba en una página o lo inmovilizaba la fiebre o un ataque de gota. En el mejor momento de Lord Jim, cuando el dolor en la muñeca le impedía sostener la pluma, se colgó un peso de la mano para afirmarla y continuar. No es extraño que sus cartas rezumen una inseguridad que raya en el pánico. “Desde el pasado junio he estado bastante bien. Sólo cabe contar la falta de agilidad. El sentimiento de que el juego ya no vale la pena. Condenado a jugar, persisto como una araña desilusionada tejiendo en medio de un vendaval.” “En el curso de un día laborable de ocho horas escribo tres frases, que borro antes de levantarme de la mesa, desesperado.” Y sin embargo, de esta desesperación surgen, en poco más de un año, entregas de Lord Jim que está por completarse, cuentos como “Juventud” y el magistral “relato africano” El corazón de las tinieblas.
La buena suerte, empujada por el genio y la voluntad, es para Conrad tan excepcional como la mala. Extranjero, de profesión marino, sin contactos en Inglaterra, encuentra en el primer paso al agente literario ideal, el que soñamos todos los escritores: Edward Garnett, un joven culto, sensible, de paciencia infinita, que cree en su talento, que no sólo se ocupa de estimularlo sino que a lo largo de años pagará las deudas de Conrad y los interminables adelantos, un amigo que siempre interviene para salvarlo de las permanentes catástrofes, que escucha y entiende, sin quejarse. Otra racha increíble de suerte es el aplauso inmediato, el reconocimiento de escritores ya consagrados como Wells y James, de Edmund Gosse y de la crítica más prestigiosa, de filósofos como Bertrand Russell y otros intelectuales. Sabemos que los círculos literarios no son precisamente generosos, menos con un recién llegado, para colmo polaco y sin antecedentes académicos, y emociona la admiración, el apoyo público y privado que recibió Conrad de los autores más importantes de Inglaterra. Este mundo difícil y siempre esquivo le abrió los brazos desde el primer momento; los lectores, en cambio, miraban hacia otro lado. Los libros de Conrad se vendían muy poco. No gustaba el estilo, la prosa, la sutileza del lenguaje, las reflexiones sobre la vida, la muerte, el azar, la complejidad de la existencia. “Demasiado literario –se diría hoy– para un contador de historias.” Sin el soporte del leal agente, de editores con visión de futuro, de la admiración nunca menguada de sus brillantes colegas, quizá Conrad no hubiera sobrevivido a la oscuridad. Le iba tan mal que buscó un puesto en algún barco. Por buena suerte, esta vez para nosotros, sus lectores, no lo consiguió: había envejecido junto con los barcos que sabía tripular, los elegantes clippers de vela reemplazados por el barco de vapor, y se pedían jóvenes expertos en estas nuevas máquinas.
La fama le llegó desmesuradamente, trayendo consigo también una desmesurada fortuna (notas sueltas y manuscritos de Conrad eran comprados por coleccionistas al precio de caras joyas), cuando la imaginación del escritor se había vaciado del todo y su cuerpo perdía las últimas fuerzas con una novela menor en cuyo título parece resumirse el destino de Conrad: Azar. Murió repentinamente, de un infarto, solo en su dormitorio, en agosto de 1924. Tenía 67 años.
A un siglo y medio de los días en que el capitán polaco Jósef Teodor Konrad Korzeniowski hizo virar el rumbo de su vida marina a la del escritor en lengua inglesa con el nombre de Joseph Conrad, su obra, que siguió la ruta invariable de las grandes obras literarias en el curso del tiempo, costeando el olvido, esquivando modas y desdenes, refugiándose en pequeñas islas de lectores, bella y dúctil en la tormenta como uno de los barcos de vela de sus libros, reaparece en triunfo, multiplicándose en nuevas ediciones, nuevas antologías. Los relatos de Conrad han dado al cine films inolvidables: de denuncia sobre el horror del imperialismo en Apocalypse Now, de Francis Ford Coppola, o de ironía trágica en Los duelistas, de Ridley Scott, tan conradiano que llamó Nostromo a la nave espacial de su película Alien y usó el recuerdo, uno de los valores más significativos para Conrad, como prueba de la humanidad del androide de Blade Runner.
Del personaje que vieron sus contemporáneos en el hombre, el extranjero, el marino, el recluso, el noble de exquisitos modales o el manojo de nervios y de achaques, no quedan más que cartas, diarios y fotos; de la intriga de sus aventuras en un mundo casi desconocido entonces, sólo la impresión de que han sido superadas por muchos otros y con creces. Es en sus libros donde Joseph Conrad cobra vida, en la mirada centelleante y apasionada con que aborda el mundo y su gente, en la alta montaña de palabras que levantó del vuelo a oscuras de todo escritor, de la soledad, de la incertidumbre del futuro, en el breve cruce de una ventana a otra.

Autor: Vlady Kociancich
Fuente: La Nación

Recomendaciones de aventuras en ‘Veinte tochos, ningún tostón’

Posted in General with tags , , , , , , on Juliol 24, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

– Sir Thomas Malory, La muerte de Arturo. “Quien crea que Arturo no existió debe ser tratado como un necio”, advierte el prólogo. Así debe ser tomada esta epopeya –la primera escrita en lengua inglesa–: con la credulidad que merecen los mitos. Todos los héroes artúricos en su esplendor. Los capítulos finales son hermosísimos. Siruela. 979 págs. (2 vols), 50 €.

– Joseph Conrad, Lord Jim. Otro de los trágicos héroes de Conrad, tantas veces mal clo-nados por el cine y las novelillas de poca monta. “He visto orillas misteriosas, aguas inmóviles, tierras de oscuras naciones (…) Pero todo mi Oriente cabe en aquella visión de mi juventud: un destello de sol sobre una orilla extraña”, dice el protagonista hablando por todos nosotros. Pre-Textos. 508 págs, 25 €.

– Charles Dickens, Los papeles póstumos del Club Pickwick. Primera novela del gran Dickens, publicada cuando el autor tenía 24 años, esta sátira sobre la filantropía no concede tregua. ¿Necesita usted reír? Éste es su libro. El viejo verde Tupman y el gafe Winkle están entre los mejores payasos de la literatura. Mondadori. 832 págs, 29 €.

– Herman Melville, Moby Dick. Borges la llamó “la novela infinita” porque “página por página el relato se agranda hasta usurpar el tamaño del cosmos”. ¿Qué más añadir? Una advertencia: no es un libro sobre ballenas, sino la eterna historia de la batalla contra el Mal. Leerla es tan necesario como inhalar o alejarse de las entidades bancarias. Alianza. 880 págs., 8 €.

Autor: José Ángel González
Fuente: 20 minutos

Joseph Conrad, el último escritor

Posted in General with tags , on Mai 14, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

Lo primero que leí de Joseph Conrad (1857-1924) fue su novela corta La Línea de la Sombra. Nomás leer su prólogo quedé fascinado por la prosa de este maestro de la narración. Recuerdo del citado texto su concepto de que la propia realidad nos ofrecía un argumento muy superior a cualquier fantasía que podamos idear.
Fascinante ser humano por el gran derrotero que hubo en su vida. Aventurero en la marina, soldado, polaco de nacimiento, inglés por adopción, fundamental en la independencia del estado africano de el Congo, intelectual, contertulio de John Galsworthy, Rudyard Kipling, Henry James, George Bernard Shaw y Bertrand Russel, entre otros notables de su época; y principalmente maestro de la narración y casi podría afirmar que Conrad fue el último escritor de una estirpe de narradores de aventuras exóticas, personajes extremos y tragedias humanas en dicho contexto. A riesgo de exagerar la nota, cierra el estilo Verne y Salgari, especialmente éste último. Pero con una prosa de altísimo nivel y muy rica en metáforas, descripción psicológica y humanismo.
En la obra de Conrad hay un hilo conductor, un tema frecuente que no aburre ni resulta rutinario. Antes bien, el lector novela tras novela, cuento tras cuento, espera el encuentro con el personaje protagonista erigido en titán de la historia. Lord Jim, Axel Heyst, Almayer, Wilems, Kurtz; el nombre cambia pero la esencia es similar: solitario, desventurado, con un pasado tormentoso, un presente inquietante y un futuro de tragedia. Intrigas, conspiraciones y un lento “golpe tras golpe” que hace que nuestro héroe se levante y vuelva a caer en un círculo constante de seguro final.
Conrad es el escritor del romántico perdedor a lo Bogart en Casablanca, del anónimo héroe que batalla contra la soledad y la locura que lo rodea y que asiente resignado hasta que los ojos de una bella mujer se asientan en los suyos. Y es un escritor al cual recurre con frecuencia la industria del cine.
Desde su primera novela, La Locura de Almayer, continuando por su excelente cuasi secuela Un Vagabundo de las Islas, luego las maestrísimas Lord Jim y Victoria o relatos cortos de gran fama y excelencia como Gaspar Ruíz (ambientada en Sudamérica en la revolución del Siglo XVIII con personajes como San Martín en la trama), El Corazón de las Tinieblas o la originalísima El Duelo, Joseph Conrad mantiene su estilo prosaico y apasionado. Todo un romántico, sin dudas.
Y este notable escritor hasta tuvo la brillantez de escribir una novela donde combina la ironía, el humor negro y un gran anticipo de lo que sería el terrorismo de atentados. Me refiero, claro, a El Agente Secreto.
Luego de haber leído su obra completa compuesta por 13 novelas, dos libros de memorias y 28 relatos cortos, considero como su obra maestra la novela Victoria la que se sitúa entre mis diez novelas favoritas de toda la literatura universal. Las aventuras y la tragedia que rodean la vida de Axel Heyst se encuentran entre lo más elevado de la narrativa contemporánea.
Joseph Conrad aún es un escritor por descubrir para mucha, muchísima gente.
Anímate ahora.

Fuente: El Cuervo López

Edhasa presenta su nuevo sello editorial

Posted in General with tags on Abril 8, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

Charly Marlow es el narrador por antonomasia, una voz envolvente que nunca deja de llamarnos la atención, de apelarnos directamente, y que nos mantiene a la escucha en permanente tensión. Se trata de una figura recurrente en la ficción de Joseph Conrad, que personifica sus experiencias como marino y viajero. Aparece en cuatro narraciones estrictamente independientes (El corazón de las tinieblas, Juventud, Lord Jim y Azar) que ahora publica Edhasa en un solo volumen en la colección Edhasa Literaria, agrupados bajo el título: Los libros de Marlow, de Joseph Conrad. Por su contigüidad, por la presencia de Marlow en todas ellas, presentan analogías y contrastes que las abren a lecturas novedosas, tal vez a una quinta narración que es más que la suma de sus partes.Para Conrad, Charly Marlow es un amigo, un confidente, “el único de entre toda mi gente que no ha irritado mi espíritu nunca”. Por eso tal vez le confía algunas de sus mejores historias. Y ahora, Edhasa lanza un nuevo sello al que también confiará grandes aventuras. Esta nueva voz en el mundo editorial se llama Marlow y empieza su andadura en febrero 2008. Marlow es un nuevo sello editorial propiedad de Edhasa. Daniel Fernández, editor y director general, explica cómo se le ocurrió el nombre: “Para mí, Marlow es uno de los más grandes contadores de historias, junto con Stevenson, al que apodaban por ello “Tusitala”. Pero creo que Marlow es el mejor. Cada vez que enciende su pipa y empieza a hablar, todos le escuchan, porque saben que están a punto de oír una historia extraordinaria, contada de la forma más fascinante posible. Y eso es, en definitiva, lo que queremos hacer con el nuevo sello Marlow: contar buenas historias y que la gente se detenga a escucharnos.”Marlow tiene una línea más comercial, de best-seller, y los formatos y estética serán muy variados. Se buscará cada vez el que sea más adecuado para cada libro: formato grande o más pequeño, rústica o tapa dura, etc. No habrá distintas colecciones dentro del sello y tendrán cabida ficciones de cualquier género (fantasía, terror, thriller, aventuras, etc.). Se publicarán cada año entre diez y quince libros.Tanto el logo (dos rombos, resultado de jugar con la “M” y la “W” de Marlow) como el diseño de las cubiertas del sello son una creación de Pepe Far

Fuente: Ocio Joven

A la deriva

Posted in General with tags on Març 12, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

Cuando uno es joven, suele encontrarse con el problema de que, teniendo fuerzas para ir a casi cualquier sitio, no tiene sitio verdadero a donde ir. Mientras que con el tiempo descubre que, a medida que va perdiendo las fuerzas para ir a casi cualquier sitio, no importa demasiado a dónde vaya. Cumplir años consiste, entre otras muchas cosas, en comprender que no significa mucho desde donde se parta, ni hacia donde se viaje, sino más bien el hecho de estar en tránsito, de desplazarse, de andar y ver, de deambular.

La juventud, desde este punto de vista -el mío, que cree recordar lo que la juventud era-, consistiría en una vigorosa forma de desorientación, una suerte de aturdimiento con un exceso de fuerzas que no siempre sirve para una empresa en concreto. En cambio la madurez -ese supuesto estado de equilibrio vital que nadie acierta a definir-, representaría un período de orientado escepticismo, de descrecimiento con conocimiento de causa.

No sé si responde a la verdad o no, pero tengo la impresión de que pasé mi juventud a la deriva, tratando de olfatear el aire de los tiempos, pero sin saber a fin de cuentas ni qué transportaba ni a qué terminaba de oler. Creo que los jóvenes de ayer, de hoy, de mañana se predisponen a que les sucedan cosas, sin tener una idea clara ni de por qué están predispuestos ni qué cosas quieren que les sucedan. Pero en el fondo, de eso se trata, como en el relato de Joseph Conrad, Juventud, en el que un marinero curtido relata en una taberna del puerto su primera travesía oceánica, tan llena de avatares y sucedidos que acabó por llevar su barco a pique. Sin embargo, en contra de lo que una mirada superficial podría creer, lo mejor de aquella aventura fue la aventura misma, los problemas, el hecho de no saber qué iba a acontecer, los oscuros designios del azar que trató a los tripulantes de la embarcación como títeres. Para el gran Conrad, la juventud se asienta en esa misma precariedad inconstante, en un permanente estar alerta, en un completo desbarajuste de los sentidos, de las sensaciones, de las ideas. La juventud es carencia y a la vez abundancia, aunque no se pueda saber muy bien de qué ni lo uno y lo otro. Los jóvenes son los amos del mundo -parece decirnos el narrador-, pero ni lo sospechan ni sabrían qué hacer con el mundo del que son amos.

Ahora bien, uno vislumbra, cuando vuelve la vista atrás, que ese mismo no saber encarna una forma de sabiduría, que todo ese andar perdido es también el rumbo mejor para encontrarse, que la incertidumbre constituye un sistema de certezas modestas. Porque al fin y al cabo hemos venido al mundo a deambular, a ir de acá para allá sin otro destino concreto. Como Marlowe, el marino de Conrad, demos gracias por nuestras contrariedades, por nuestros aprietos. Seguro que más tarde o más temprano añoramos la época en que anduvimos a la deriva. Seguro que descubrimos que un cierto grado de inconvenientes ante el mundo constituye una forma extraña de la felicidad.

Autor: Carlos Marzal
Fuente: El Mundo

Conrad, aventurero temerario

Posted in General with tags on febrer 4, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

Marino, contrabandista de armas y suicida frustrado, Joseph Conrad alcanzó el reconocimiento literario unos meses antes de fallecer, a los 66 años. Recién cumplido el 150 aniversario de su nacimiento, uno de los mejores conocedores del autor de «El corazón de las tinieblas» y otras grandes obras de la literatura universal, analiza su novelesca vida y un estilo de escribir que aún es motivo de estudio

«Nunca he aprendido a confiar en la literatura. No he conseguido confiar en la literatura hasta esta fecha… Una duda terrible se cierne sobre los logros todos de la literatura», escribió Joseph Conrad en un ensayo publicado en el Manchester Guardian Weekly el 4 de diciembre de ?922. En realidad, la literatura no era lo único sobre lo que Conrad tenía dudas. Albergaba dudas similares sobre la identidad. En todas sus novelas se lanza una mirada fría sobre la personalidad humana, sobre la idea misma de la personalidad humana. Como dice Marlow, el protagonista de El corazón de las tinieblas: «Vivimos como soñamos, solos».
El escritor de origen polaco había contemplado la decadencia y caída de muchos hombres que habían depositado todas sus certezas en la igualdad, la justicia o la libertad. Su posición queda meridianamente clara en una carta que envía a un amigo, el socialista Robert Cunninghame Graham: «La vida no sabe nada de nosotros y nosotros no sabemos nada de la vida; ni siquiera conocemos nuestros propios pensamientos. La mitad de las palabras que usamos no tiene ningún significado en absoluto y, de la otra mitad, cada cual entiende cada palabra en función de su locura y su presunción. La fe es un mito y las convicciones cambian como la bruma en la costa; los pensamientos desaparecen; una vez pronunciadas, las palabras mueren, y los recuerdos de ayer son tan problemáticos como la esperanza del mañana».
Cuando se acaban de celebrar el ?50 aniversario de su nacimiento y el centenario de la publicación de El agente secreto, una de sus obras cumbre, merece la pena volver a explorar su figura. En una cultura global interconectada en la que constantemente se ponen de relieve las diferencias entre las convicciones morales de unos y otros, un hombre como Conrad parece más necesario que nunca.
No es un escritor popular en estos tiempos. Ni por los caminos del escepticismo y alejados del sentimentalismo que le gusta seguir ni por la densidad de su escritura. Cuando se acercan a él por primera vez, muchos lectores lo encuentran difícil. En algunas ocasiones se justifica con la explicación de que el inglés, el idioma en que escribía, era su segunda lengua (en realidad, era la tercera; aprendió a hablar y a escribir francés antes de saber inglés y adoptó a Flaubert como uno de sus maestros literarios). Sea cual sea la razón, opaco es una palabra que se utiliza para describir su estilo. «No consigo avanzar», o «es un poco prolijo» son otras expresiones frecuentes al referirse a Conrad.
Las objeciones mejor expresadas las formuló H. G. Wells. En su reseña de Un paria de las islas, de ?896, el autor de El hombre invisible describió el estilo de Conrad «como la bruma de un río; durante un momento las cosas se ven con claridad e, inmediatamente después, se echa encima un gran banco gris de materia impresa, páginas y más páginas, que lentamente van envolviendo al lector, hasta que se lo tragan». De hecho, seguir a Conrad con claridad puede resultar incluso engañoso. Sus libros son viajes epistemológicos, parábolas del saber. Es un escritor al que hay que llegar a conocer. El lector tiene que familiarizarse con un estilo narrativo, con un tono, con una manera determinada de hacer avanzar el relato. Sirve de ayuda tener un buen conocimiento de su biografía, porque la historia de su vida impregna prácticamente toda su obra. Joseph Conrad se llamaba en realidad Józef Teodor Konrad Korzeniowski cuando nació, el 3 de diciembre de ?857, en la Ucrania polaca. En una época en la que buena parte del territorio de Polonia se encontraba bajo dominación de los rusos, su padre, Apollo Korzeniowski, era un revolucionario nacionalista con una gran sensibilidad artística. Poeta y dramaturgo, «terriblemente dotado para la ironía», tal y como Conrad dejó escrito, tradujo a Shakespeare y Dickens (dos autores que ejercieron una influencia decisiva sobre su hijo).
Estado de inseguridad. Cuando Józef tenía 4 años, su padre fue detenido por las autoridades zaristas que gobernaban Polonia por actividades clandestinas. Tras seis meses de prisión en la Ciudadela de Varsovia, la familia fue enviada al exilio en la provincia rusa de Vologda, un lugar que Apollo describió como «un inmenso cenagal» en el que los dos elementos más importantes de la sociedad eran «la policía y los ladrones».
En ?863, se autorizó a la familia a vivir en Kiev, donde murió la madre de Conrad. Cuando el padre cayó enfermo, se les permitió trasladarse a Galitzia, ya de nuevo en Polonia, y luego a Cracovia, donde moriría Apollo en el año ?869.Todos estos episodios, junto con una frustrada aventura amorosa de adolescencia, empujaron a Conrad a tomar una decisión que él novelaría de manera recurrente en sus obras de ficción. A los ?7 años de edad, en octubre de ?874, dejó Polonia y viajó en tren a Marsella, en lo que él mismo describiría con el tiempo como «saltar de golpe lejos de su ambiente y de sus relaciones raciales». Esta idea de salto, de una ruptura radical en la existencia, es un punto fundamental en muchas de sus obras, tanto novelas como relatos cortos.
Conrad dio ese mismo salto a otra forma de vida con enorme cautela. Durante un mes, aproximadamente, vivió en una casa de huéspedes en el Puerto Viejo de Marsella antes de decidirse a echarse a la mar en un barco de madera de tres palos, de nombre Mont-Blanc, con destino a Martinica y Haití. Hizo el viaje de ida y vuelta y posteriormente volvió a enrolarse en el mismo barco, en esta ocasión como grumete. A éste siguieron otros viajes como camarero en el Saint-Antoine, que en su itinerario hacía escala en diversos puertos del Caribe.
La amistad con dos de sus tripulantes, los hermanos César y Dominique Cervoni, le llevó a verse implicado en actividades de contrabando de armas a lo largo de la costa española en los años ?877 y ?878 en favor de la causa carlista. Este episodio se relata en su última novela, La flecha de oro, de ?9?9, en la que aparece Dominique Cervoni en una descripción fidedigna, con su poblado bigotazo negro y con su propio nombre. Cervoni le sirvió también de modelo para el protagonista epónimo de Nostromo, de ?904, probablemente la novela de más difícil lectura entre todas las suyas. Y sale también en El hermano de la costa, de ?923, y en La emoción, publicada con carácter póstumo en ?925. Es como si ese hombre hubiera encarnado la idea de Conrad sobre el héroe perfecto, dispuesto siempre a probar suerte pero sin perder jamás el dominio de sí mismo.
En la vida, sin embargo, Dominique Cervoni no le trajo mucha suerte a Conrad. El barco contrabandista fue hundido por sus tripulantes para evitar su captura y Conrad se vio metido en problemas económicos. A finales de febrero o principios de marzo de ?878, tras una noche de apuestas en Montecarlo, con apenas 20 años, el futuro escritor intentó suicidarse disparándose un tiro en el pecho con un revólver.
No llegó a producirse heridas de gravedad y fue rescatado por su tío, Tadeusz Bobrowksi, que saldó sus deudas. Se silenció todo lo ocurrido y no se conoció en todos sus detalles hasta los años 50 del siglo XX. La idea del suicidio es importante en las novelas de Conrad, varias de las cuales lo defienden como un acto legítimo ante un mundo absurdo en cierta sintonía con el existencialismo francés. De hecho, existe una clara relación entre Conrad y Camus.
De acuerdo con Tadeusz, se decidió que Conrad se enrolara en la marina mercante británica. Cuando el ?? de julio de ?878 se embarcó en el Skimmer of the Sea, amarrado en el puerto inglés de Lowestoft, empezó su verdadera carrera de marino, que se prolongaría hasta que se dio de baja como primer oficial del Adowa, el ?7 de enero de ?894, a los 36 años.
Remontada del río Congo. Entre ambas fechas se sucedieron muchas aventuras, en barcos marineros y en otros nada marineros, y en una diversidad de destinos entre los que figuraron Australia, Tailandia, La India y Malasia. Fue en ?890 y ?89? cuando realizó el penoso viaje en el que remontó el río Congo que dio origen a su obra más sublime, El corazón de las tinieblas. Publicada en ?899, la novela serviría de inspiración a Francis Ford Coppola exactamente 80 años después para dirigir uno de los rodajes más tortuosos de la historia del cine, el de Apocalypse Now, trasladando la historia a la guerra de Vietnam y con Marlon Brando en el papel de Kurtz y Martin Sheen en el del capitán Willard, trasunto del Marlow conradiano.
Las travesías se alternaron con periodos de estancia en Londres, donde Conrad, que, como Dickens, era un andarín entusiasta, absorbió el paisaje urbano alienante y siniestro de la ciudad, desde los muelles hasta los barrios bajos de Islington, que le iban a proporcionar el telón de fondo de El agente secreto.Su primer permiso en tierra lo pasó en Londres, en una casa de huéspedes de Finsbury Park, en ?878. Más tarde se trasladó a Stoke Newington, y luego a Pimlico, donde en ?889 (con 32 años) dio comienzo a su primera novela, La locura de Almayer, publicada en ?895, una crítica del aventurerismo con un suspense peculiar.
Tras su aceptación por la editorial Unwins, empezó a familiarizarse con el Londres literario, así como con sus rincones más siniestros de delincuencia y pobreza. Se casó con Jessie George, a la que había propuesto matrimonio en las escalinatas de la National Gallery. Justo antes de la boda, Conrad la describió como «una persona de escasa estatura, nada llamativa (a decir verdad, y bien que lo siento, ¡más bien fea!), que me es muy querida, sin embargo». Aquello no parecía el cimiento más sólido para un matrimonio feliz, pero acabaron conviviendo 28 años, hasta la muerte del escritor. Un amigo de Conrad, Edward Garnett, editor de la citada editorial Unwins, le presentó a los grandes del momento, con frecuencia en un restaurante que frecuentaba en Gerrard Street. Como su primer barco, el establecimiento se llamaba Mont-Blanc, pero difícilmente se habría podido encontrar un ambiente más diferente. Allí coincidían escritores como Chesterton, Belloc y Edward Thomas, o el novelista a quien consideraría su mejor amigo, Ford Madox Ford.
Tiempo después, conoció a Henry James y HG Wells, los titanes literarios de la época. Con ellos mantuvo unas relaciones estrechas, pero tensas. Tanto uno como otro reconocían su genio, pero con una condescendencia quisquillosa; él siempre fue consciente de que ellos acaparaban una fama y unos ingresos superiores. El dinero fue un problema grave en el hogar de los Conrad hasta los años 20 del siglo pasado, cuando empezó a firmar contratos más sustanciosos por la publicación de sus novelas por entregas y a vender en grandes cantidades.
La vida de casado no estuvo tampoco libre de problemas, aunque Jessie y él consiguieron seguir juntos. Algo que no dejó de sorprender a amigos y conocidos. Edward Garnett estaba preocupado porque «con esos nervios suyos siempre a flor de piel, la manera que tenía de organizarse parecía poner extremadamente en peligro el matrimonio». La aristócrata Ottoline Morrell describió a Jessie como «un colchón magnífico y reparador para su marido, un hombre hipersensible y atormentado que no le pedía a su esposa una gran inteligencia sino simplemente que mitigara las tensiones de la vida».
En realidad, Jessie tenía una capacidad mayor de la que todos le suponían. En una carta a Garnett tras la muerte de Conrad de un ataque al corazón en ?924, a los 66 años de edad, la viuda escribió lo siguiente: «Es posible que yo no sea capaz, como usted dice, de apreciar o incluso de comprender su genialidad, pero espero que recuerde una observación que le hago: que para vivir en este mundo es suficiente con que tenga talento uno de los cónyuges; el otro debe ser una persona común y corriente. Yo he reivindicado esta condición para mí misma».
Mujer enigmática. Hay algo de su pasividad en el retrato de Winnie, la esposa del protagonista de El agente secreto, que lleva a su marido a exclamar: «¡Ah, sí! Conozco tus artimañas de sorda y muda». Pero Jessie Conrad no era una persona tan gris como en ocasiones se ha pensado. Lo prueba el hecho de que reclamara para sí el derecho a vender los manuscritos de su marido para pagarse su afición al juego o el que intentase comunicarse con él, a través de médiums, después de su fallecimiento. El temor a bloquearse como escritor fue la preocupación más importante en la vida profesional de Conrad. Era frecuente, muy frecuente, que no diera abasto con la tarea que se le exigía. «Mi querido Pinker», escribió a su agente literario en ?907, «tengo la sensación de que esto es un poco excesivo para mí». Por aquella época, estaba escribiendo un relato bastante largo, titulado El duelo, y trabajaba en la que iba a ser su obra más vendida en vida, Azar, publicada en ?9?3, y en El agente secreto. Su mayor experiencia y su acrecida fama no ayudaban mucho. La entrega de libros y artículos periodísticos se convirtió en un «trance terrible con el que madurar y atemperar mi personalidad», que es como lo expresa el narrador de La línea de sombra, de ?9?7. Con sus sempiternos vaivenes entre épocas de una especie de letargo mental y explosiones de enorme productividad, Conrad acabó convirtiendo sus ansias de perfección en una regla moral personal.
Como no podía ser de otro modo, la frontera entre acción e inacción constituye el trasfondo de muchas de sus novelas. Y en parte es por eso por lo que sus obras son inclasificables. «Caen fuera de la literatura con mayúscula y dentro de la novela sentimental y de fácil lectura fluctuando de manera indecisa entre Proust y Robert Louis Stevenson», llegó a decir en poco afortunada expresión el crítico literario Frederic Jameson. Aunque algunas de sus novelas de tema marítimo defienden la necesidad de actuar con decisión, en otras la incertidumbre es el fundamento positivo que la novela descubre: un lugar en el que pueden superarse las dificultades multidimensionales del mundo, aunque sólo sea por un momento.
Conrad seguía en esto los pasos de cierto conocido escritor… Se ha dicho, lo ha hecho en concreto un excelente crítico de Conrad como es John Stape, que la huella de Shakespeare en las obras del autor de El corazón de las tinieblas equivale a «un diálogo a gran escala con las ideas del dramaturgo».
Hay pruebas sobradas de la importancia que tuvo en Conrad su descubrimiento de Shakespeare. Aunque Victoria, de ?9?5, se suele considerar una nueva versión de la shakespeariana La tempestad, algunos de los primeros críticos de aquélla vieron en Heyst, su titubeante protagonista, un «Hamlet de los mares del sur». Analizando Lord Jim, otra célebre obra de Conrad, el académico Eloise Knapp escribió un artículo que tituló Lord Jim y el hamletismo en el que profundizaba en las conexiones entre el autor y el genio de Stratford Upon Avon. Lord Jim está, de hecho, repleta de alusiones a Hamlet.
Conrad no sólo recogió de Shakespeare dudas y escepticismo, sino también la multiplicidad cultural, esto es, la idea de que nunca hay una única postura posible en las cuestiones humanas. Otros maestros le dieron otras lecciones diferentes. De Dickens le llegó el sentido de peculiaridad de los personajes, pero también la indicación de que los diferentes puntos de vista de los personajes podían distribuirse de manera muy útil en el espacio y en el tiempo. Este dato es especialmente importante en la descripción que se hace de Londres en El agente secreto, «esa ciudad prodigiosa», como escribió Conrad, «cuyo crecimiento no comporta indicio alguno de planificación inteligente sino muchos vestigios de una fantasía caprichosamente sombría que el Gran Maestro sabía sacar a la luz tan bien».
De Flaubert, por otra parte, provenía la convicción de que la novela se fundamentaba en la impersonalidad, así como otras lecciones más sobre el manejo del punto de vista, la parte más difícil del arte de novelar. Las técnicas de narración indirecta, la intersección de escenarios o lentes narrativas que le han hecho famoso, tienen el efecto de alejar el contenido de sus obras de los libros para niños con los que las novelas de Conrad comparten cierta afinidad. Esos escenarios transforman unas sencillas historias de acción en interrogantes sobre lo que significa pasar a la acción en este mundo, lo que significa ser un agente moral.
Esfuerzo lector. El lector forma parte de esa transformación. Más que la continuidad de un relato lineal, con el argumento coherente que ello implica, Conrad ofrece algo que se parece más a un conjunto de cuadros al que el lector debe encontrar un sentido en colaboración con el escritor. Ésta es una de las razones por las que se le ha acusado de ser opaco. El lector tiene que hacer una parte del trabajo por su cuenta. En El corazón de las tinieblas, el mismo modo de contar la historia está determinado en esta línea. Nunca sabemos qué es eso, nunca sabemos lo que es el horror. ¿Se refiere a lo desconocido? ¿Al subconsciente? ¿A lo que el crítico Frank Raymond Leavis llamó las «potencialidades incalificables del alma humana»? Otro crítico, el deconstructivista Joseph Hillis Miller, ha llegado a decir que el proceso de lectura de la novela es como cascar una nuez que no tiene fruto.
Al novelar múltiples puntos de vista y modificar constantemente las coordenadas, Conrad fue capaz de proyectar una visión del mundo democrática y multicultural que se adecuaba perfectamente a su propia identidad fracturada.Para cualquier escritor profesional, es un alivio saber que al final le llegó la fama. En ?923, un año antes de su muerte, Conrad visitó Estados Unidos con una acogida extraordinaria y al año siguiente rechazó el título honorífico de caballero. Su influencia en escritores que han llegado después ha sido tan notable que autores como Graham Greene, por citar uno, han escrito que tuvieron que dejar de leer a Conrad por miedo a verse completamente esclavizados por su estilo.
Nadie diría que E. M. Forster, el autor de Una habitación con vistas, se dejara influir por Conrad exactamente, pero probablemente tenía razón cuando dijo de él que «el cofre secreto de su genialidad contiene un vaho más que una joya».

Autor: Giles Fonde
Fuente: El Mundo