Arxivar per Patagonia

‘Patagonia: mitos y certezas’, de Ulises al furor turístico de los glaciares

Posted in General with tags , , , on Mai 15, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

El libro ‘Patagonia: mitos y certezas’ narra la historia de esta mítica región del extremo sur de América, desde la prehistoria hasta el furor turístico que vive por estos días joyas de esta zona, como los majestuosos glaciares.

La obra, escrita por el biólogo argentino Alejandro Winograd, cruza datos eruditos, relatos de navegantes y expedicionarios, con anécdotas y hasta ‘desvíos’ literarios, como la alusión al relato de la última aventura de Ulises recogido en ‘La Divina Comedia’, en el que esta tierra austral pudo haber sido destino de su viaje final.El libro recoge en forma amena las visiones particulares de viajeros legendarios que se aventuraron hasta la Patagonia para sorprenderse a cada paso con sus habitantes milenarios y su exhuberante belleza natural.Esta estirpe de aventureros ha durado siglos e incluye marineros que no conocen el significado de la palabra riesgo, sacerdotes misioneros, arqueólogos, escaladores, científicos y sucesivas oleadas de emigrantes en busca de un mundo mejor.En ‘Patagonia: mitos y certezas’, Winograd cuenta las epopeyas e historias, imaginarias o reales, sucedidas en el sur, que configuran un espacio deslumbrante.Winograd, jefe del Departamento de Ciencias Naturales del Museo del Fin del Mundo (Ushuaia, Argentina) desde 1984, ha participado en numerosos proyectos de investigación vinculados con la preservación y el manejo de los recursos naturales en la Patagonia.Es autor del libro de cuentos ‘Tormenta de agua caliente’ (1994), de la novela ‘El viento que gira’ (1996), y de los ensayos ‘Patagonia: Tierra de gigantes’ (2002) y ‘Patagonia: un mundo aparte’ (2004).

Fuente: Terra

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La autora de “La tierra del fuego” y “Una biografía del fin del mundo” asegura que en el sur profundo de la Argentina encuentra el mismo espíritu de a

Posted in General with tags , , , on Abril 27, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

“Creo que con El país del viento cierro un ciclo”, dice Sylvia Iparraguirre respecto de su última obra, un libro que reúne nueve cuentos que despliegan relatos situados “desde el principio de los tiempos” hasta 1995, en distintos lugares de la Patagonia, desde Neuquén al Cabo de Hornos, desde Malvinas a Colonia Gaiman, en Chubut. Cinco años atrás, esta escritora y lingüista nacida en Junín, provincia de Buenos Aires, abrió ese ciclo con La tierra del fuego (una novela que cuenta acerca del indio yámana Jemmy Button, quien fue llevado a Londres por Fitz Roy como curiosidad y/o experimento). “En el medio escribí Una biografía del fin del mundo, una especie de ensayo socio-histórico periodístico que se publicó en el 2002, el año de la debacle”, explica, y anticipa que en estos días trabaja en simultáneo en los tramos definitivos de dos nuevas novelas.
–¿Por qué la Patagonia?
–Se reúnen varias cosas en torno a la Patagonia, a por qué ese llamado a escribir sobre ese territorio. En principio tiene que ver con mis lecturas de adolescente: fui una devoradora de libros de aventuras marítimas. Siempre me gustaron, de hecho el primer libro que leí fue Robinson Crusoe. Leí mucho a Melville, Conrad, Jack London, Mark Twain, autores que trazaron como una frontera, con humor, con una especie de desparpajo. Al mismo tiempo siempre me atrajo la literatura del siglo XIX, los grandes viajes, los lugares exóticos. Y luego está la atracción enorme que ejerce la Patagonia; no hablo de turismo, naturalmente, sino de un espacio en el que todavía se conserva cierto salvajismo en el viento, en la soledad, que permite imaginar lo que tiene que haber sido 150 años atrás, cuando llegaron los pioneros, los buscadores de oro, los que naufragaron allí. Y sobre todo las etnias, los grupos humanos que vivieron allí desde hace 13.000 años o más. Cuando me crucé con la historia de Jemmy Button entraron a funcionar las afinidades con ese lugar. He ido muchas veces al sur, conozco muy bien la costa, la meseta santacruceña, los lagos, los glaciares, el Beagle; cruzar el Estrecho de Magallanes es una experiencia increíble. Son cosas que tienen un fuerte magnetismo.
–Personajes muy distintos y con mucha potencia.
–A fines del siglo XIX hubo un remolino de gente muy heterogénea, buscadores de barcos, tipos como Popper, que quiso hacer su propio país ahí adentro. Y el encuentro tan traumático entre los cazadores de focas y los balleneros, gente muy bestial, y los indígenas. Los ingleses, y todos los intereses geopolíticos que confluyeron en la lucha de los imperios. Y las intenciones de evangelización. Todo eso hizo que en un período de treinta años los grupos étnicos prácticamente desaparecieran. Es una especie de laboratorio sociológico, etnográfico.
–¿Qué reúne a los cuentos de El país del viento, más allá de la pertenencia al territorio?
–Luego de investigar y escribir los dos primeros libros sobre la Patagonia entré muy en profundidad: hay mil libros para hacer, muchos personajes e historias. Cuando me puse a escribir los primeros cuentos las anécdotas venían solas, porque leí muchísimo de la zona, y se dieron estos cruces de contextos reales con personajes de ficción. Algunas historias tienen que ver directamente con sucesos, como “En el sur del mundo”; otras con conjeturas, como “El Boheme”: supuestamente a fines del siglo XIX las compañías hacían hundir los barcos para cobrar el seguro y cambiar por otro a vapor. Cada uno de los cuentos tiene que ver con un entorno real, pero también con la literatura, deudas con viejos amores: “24 kilos de oro” tiene que ver con Mark Twain: mientras lo escribía me hablaba al oído. Es un escritor al que siempre vuelvo, me produce un gran placer.
–¿Qué narradores de la Patagonia rescata?
–Fuegia, de Eduardo Belgrano Rawson, naturalmente. Hay muchísima gente que escribe sobre la Patagonia allí mismo, libros que acá casi no tienen circulación. En Tierra del Fuego hay dos o tres sellos editoriales que publican cuentos, relatos históricos…
–¿Qué repercusiones tuvieron sus libros allí?
–Son lectores estupendos. La tierra del fuego fue declarada de interés provincial en Ushuauaia, y en Comodoro Rivadavia está como libro de texto en los colegios. La gente de allá tiene el paisaje delante, y entonces siente que el libro le habla muy directamente. Estoy feliz cuando voy a presentar un libro al sur. También se dieron cosas bastante particulares: cuando presenté la novela en Ushuauaia el jefe de una comunidad descendiente de onas, Rafael Maldonado, me mandó a pedir el libro. Me pareció hermoso: sentí como que la Tierra del Fuego aceptaba la historia.
–¿El país del viento es un libro pensado para lectores jóvenes?
–Son cuentos. Yo no me propuse un lector de determinada edad cuando los escribí. Creo que un adolescente, o un preadolescente, está disponible para leer todo lo que caiga en sus manos, y no necesariamente “juvenil”. Por ahí tienen la suerte de agarrar un Dostoievski, un Arlt, y les va a hacer muy bien. Sin hacer ningún tipo de comparación demencial, en colecciones juveniles leí a autores enormes. No necesariamente “tiene que ser” una literatura para un lector de equis años. Estos cuentos tienen una forma clásica, son anecdóticos: hay una cuestión de características formales que viene dada por el ámbito que el cuento recorta.
–La editorial lo ubicó en una colección juvenil.
–Sí, está allí. Ellos hacen una cosa que me parece correctísima: lo acercan al polimodal, a chicos en el último año del colegio. Me llamaron del Nacional Buenos Aires, del Lenguas Vivas, colegios a los que les interesa que vaya a charlar con los chicos. Pero una cosa no excluye a la otra, al contrario: me encanta el lector joven, porque está desprejuiciado. Son jueces bastante duros.
–¿Qué diferencias encuentra entre estos lectores jóvenes y usted cuando tenía esa edad?
–Se nota que pasó mucha agua bajo el puente. Mucha cultura audiovisual, cierta modificación del tiempo, que es mucho más veloz ahora. Cuando tenía esa edad yo vivía en un pueblo muy tranquilo de la provincia de Buenos Aires, y todo era más acotado. Tuve la suerte de tener una biblioteca muy grande y muy linda, la de mis abuelos, cuando tenía doce o trece años: era una lectora muy voraz y los libros ocupaban casi todo el espacio de lo imaginario. No teníamos TV, y cuando la tuvimos eran pocos canales. En los chicos de ahora veo cierta dispersión y mescolanza, literatura mezclada con otros géneros. También el tema de internet… Hay como una urgencia cotidiana. De todas formas, así como hoy también hay lectores formidables, en mi época tampoco era habitual que alguien leyera muchísimo.
–¿Cómo observa que va evolucionando su obra?
–Es difícil de contestar, porque trabajo en cosas simultáneas. Mientras escribí este libro venía trayendo desde hace tiempo dos nouvelles que están interrelacionadas, y tal vez formen parte de una trilogía, con temas que no tienen nada que ver ni con el sur ni con lo histórico. Son novelas urbanas y pertenecen a otro tipo de experiencia. Una de ellas transcurre en los ‘90, en la ciudad de Buenos Aires, y la otra en un pueblo de la provincia. Estas escrituras convivieron con las de los libros del sur, así que no sé qué explicación dar respecto a mi obra… Tal vez alguien de afuera pueda dar una mirada. Con El país del viento se cerró un ciclo: me quedaban cosas por contar, aparecieron estas historias y las conté.
–¿Y en qué punto están esas nuevas novelas?
–Ya están en un grado de definición, y ahora estoy completamente de cabeza en estas historias que tienen que ver, tal vez, con mi primer libro, con cosas que a mí me resultan atractivas: la relación entre elpueblo y la ciudad, enorme, anónima. Tal vez porque soy provinciana y tengo todavía registros de cuando me vine a Buenos Aires. Tal vez haya un hilo conductor, pero el escritor es el menos indicado para poder decirlo.

Autor: Ángel Berlanga
Fuente: Página/12

Una escritura contra el olvido

Posted in General with tags , on Març 17, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

Cuando se recorre la Patagonia, las historias se suceden. En cada ciudad, en cada pueblo, en cada paraje, en los rincones más alejados y remotos, allí donde el viento y el silencio imperan, siempre hay una historia aguardando. Ésta es una característica del imaginario patagónico, compuesto no sólo por datos provenientes tanto de la realidad y el mito, como de la fantasía del viajero metropolitano que ha idealizado, desde siempre, este paisaje atribuyéndole tanto rasgos temibles como, a menudo, poderes curativos. En lo que va de Darwin (que consideró la Patagonia tierra maldita) hasta Arlt (quien, en sus ficciones, les concedía dones redencionistas), desde los centros urbanos, la región ha sido y es todavía visualizada como un paisaje de redención y cura. La justificación de este mito ya está presente en Crónica de la colonia galesa del Reverendo Abraham Mathews cuando, al reflexionar sobre su material narrativo apunta: “No hay en el campo de la literatura relato como éste, de hombres que hayan pasado por tantas dificultades con tan pocas bajas y que hayan, por lo demás, vivido tan sanos de cuerpo a través de los años”.
Gales del Sur En el caso de Chubut, su historia real se explica, apartando el mito, en las motivaciones económicas, políticas y religiosas que legitimaron el asentamiento de los galeses. En marzo de 1845, Friedrich Engels registraba en La situación de la clase obrera en Inglaterra: “Proveer de materias primas a una industria tan colosal como la inglesa requiere, ciertamente, un número importante de obreros”. Engels, en este libro clásico del socialismo decimonónico, investigaba de modo implacable la despiadada economía capitalista. Frente a semejante panorama, algunos, como los galeses, antes que la rebelión violenta, se fijaron el exilio. Prohibida su lengua, tal vez una de las más antiguas del planeta, mutilada su cultura, los galeses soñaron una tierra prometida.Refiriéndose a Madryn, Trelew, Rawson, Trevelin y Esquel, el escritor Marcelo Eckhardt anota en su libro Trelew, un texto en el que borra los límites entre la narración y el ensayo, que éstas son zonas urbanas flexibles, estructuras coyunturales. “Los pioneers galeses distan de los militares conquistadores, no sólo por la religión sino por la razón de peso mayor en el desierto: son exiliados y la Patagonia, Chubut, puro fin. Las ciudades galesas son acuáticas: se busca el golfo, el río, el valle, el agua potable: se construyen acequias y norias. Se realizan en la periferia de los espacios (casi) vaciados de la conquista del desierto, en los límites de la expulsión. El diálogo entre galeses e indios es un diálogo entre expulsados y les brinda una nueva mirada.”La Patagonia ha sido, desde siempre, una fuente inagotable para la imaginación. Desde las crónicas de viajes hasta los relatos de aventuras, incluyendo testimonios orales, el repertorio narrativo patagónico, con su grandeza y variedad, implica un arsenal apenas explorado. Una posibilidad de comprenderlo está en el análisis de la situación colonial. Como soporte del imaginario patagónico, lo narrativo patagónico violenta los márgenes de la clasificación literaria ortodoxa y, a la vez, resignifica las tensiones entre centro y periferia.Crónica de la colonia galesa de la Patagonia, del Reverendo Abraham Mathews, contemporánea de los hechos que narra, es en este aspecto un texto ejemplar. Al referirse a la épica de los pioneros galeses en Chubut, la utopía fundacional y sus dificultades, Mathews proporciona algo más que un documento. El desembarco del bergantín “La Mimosa” en 1865, veinte años posterior al estudio de Engels, incluye previamente, como se ha dicho, una experiencia de exilio a la que no siempre se alude. Basta apreciar la situación de la clase obrera en Inglaterra en el siglo XIX, como lo hace Eckhardt, para entender que la etapa anterior y complementaria a la fundación es la del exilio. Las condiciones miserables en que se debatía el proletariado inglés explica desde un ángulo más realista la épica galesa. A Mathews no se le escapa esta situación: “Los colonos de ‘La Mimosa’ eran todos de la clase obrera y muchos de ellos eran sumamente indigentes”. Y reflexiona: “No podemos jamás interpretar el destino de antemano, sino mirando retrospectivamente el pasado”. Mathews subraya la condición de los pioneros: “Su misma pobreza fue su mejor atributo para enfrentar las circunstancias adversas”.En 1862, el gobierno argentino decidió administrar los territorios fuera de las jurisdicciones provinciales. Ocupados por los indios, estos territorios debían ahora ser penetrados por la “civilización”. La consigna era, en términos sarmientinos, liquidar la “barbarie” y radicar población blanca. Aunque anterior a la Conquista del Desierto, el arribo de los galeses a la Patagonia se inscribe en este marco. Cuando años después del desembarco galés en Chubut, afincado en Cardiff, Mathews se aboca a la escritura de su crónica, se ilusiona: “Llegará el día en que el territorio del Chubut cuente con decenas de miles de habitantes. Y confiamos en que la raza galesa sea bastante emprendedora para posesionarse enteramente de la región”.

Indios, ejército y frontera Como muchos de los textos que articulan el discurso de lo patagónico, el de Mathews responde a la urgencia de registrar la experiencia inmediata de los colonos y sus avatares, temiendo que la memoria de lo cotidiano se pierda. La impronta narrativa recela de su propia potencia. Mathews, desde el principio, se justifica por una presunta falta de idoneidad para narrar, excusándose de su carencia de aptitudes literarias. “No poseo el talento ni el tiempo necesario para hacer un trabajo literario interesante”, se excusa. Y confía esperanzado en un porvenir donde sobrevendrán las plumas mejor dotadas para dar forma a su material.La conexión entre experiencia y literatura, considerando la narrativa como programa, es conflictiva. Hay un litigio entre géneros mayores y menores. Las crónicas, los diarios, los cuadernos, piensan estos primeros autores, no son gran cosa, no son literatura. Ninguno le otorga, a lo que escribe, más valor que el de un apunte nervioso que y, la vez que se intenta capturar el presente, se duda sobre la propia calidad estilística. Este pudor sorprende. Es que lo vivido, como aventura, presuponen los cronistas, precisa de una calidad literaria que les está vedada. Llama la atención, cuando se visita a los actuales descendientes de aquellos pioneros, observar la biblioteca de sus antepasados: en los estantes de una vivienda galesa se encuentra tanto a Plauto y Shakespeare como la infaltable Biblia. Entonces, quizá se vuelve pertinente analizar ese pudor ante la escritura desde otro ángulo. Así como, desde la Patagonia, hay un más allá que es la civilización, una idea alta de la cultura, más acá, toda escritura es pariente pobre de la gran literatura, sin otra aspiración que un mero documento. Y éste, según sus propios autores, se vuelve de dudoso valor al no disponer de una prosa acorde con los cánones de la época: el ensayo y la novela burgueses donde, como lo la ha señalado Edward Said, las alusiones a la riqueza procedente de las colonias es habitual.La escritura de Mathews, en principio, es pragmática, y su sentido, claro desde el comienzo, es utilitario: se ocupa de registrar la fundación y sus pormenores, para impedir su olvido. Mathews la juzga como una aventura. Y no se equivoca. Pero en esta aventura los percances, obstáculos, prodigios y heroísmos que se suceden no son del orden de lafábula. Las muertes y nacimientos a bordo del bergantín. La travesía y el horizonte desconocido. El pionero que, apenas desembarcado, se lanza a caminar, se pierde en la inmensidad, y se lo encuentra más tarde como osamenta. El recelo en la relación con los indios y, poco después, el trato que incluye trueque e intercambio cultural. Es interesante, en este punto, cómo Mathews, al referirse a los indios, en el mismo capítulo, describe la fauna: como si los indios y los animales de la zona pertenecieran a la misma categoría del zorro, el gato montés o el guanaco. Sin embargo, Mathews apela a una cita del Deuteronomio para conciliar las diferencias: “Todos somos de la misma sangre”. Cabe destacar que los galeses, desde su desembarco en la Patagonia, mantuvieron un vínculo con los indios que se caracterizó, en más de una oportunidad, por un trato que superaba la diplomacia, llegando más tarde a interceder por ellos frente al ejército.

Vivir en común En su crónica, Mathews se detiene a relatar las reglas de comercio, la actividad agrícola y la religiosa. “Somos cuatro congregaciones”, anota. Y enumera: “Los Congregacionalistas, los Metodistas Calvinistas, los Baptistas y la Iglesia Episcopal Anglicana”. El desarrollo religioso cumple una función crucial en la organización de la comunidad: “El hecho de que un pequeño grupo de hombres viva completamente aislado, viendo siempre los mismos rostros, en comunión con las mismas mentalidades y llevando continuamente un mismo orden de vida, tiene finalmente sobre ellos una influencia degenerante”. Es decir, la religión cumple entre los pioneros una función disciplinaria. El testimonio del desarrollo religioso que adquirió la comunidad está a la vista en la cantidad de capillas que se encuentran, entre las cuadrículas de chacras, en la zona que comprende Trelew, Gaiman y Dolavon. Sus imágenes fueron recopiladas, hace algunos años, en blanco y negro, por el fotógrafo Edi Dorian Jones, un compilador obsesivo de la iconografía de sus antepasados. Anterior a la labor fotográfica de Edi Jones, en el siglo pasado, es la de Henry Edward Bowman. Lector de Bacon y Alighieri, Bowman empezó a trabajar en una imprenta a los quince años, se empleó luego en un taller de marmolería y soñó con viajar a Australia. Pero la Australia que conocería no iba a ser otra que la “Australia Argentina” de Payró. Y a los veintiún años llegó a Chubut. Bowman fotografió a los habitantes de la colonia y el paisaje, sus celebraciones, los pequeños avances edilicios. Basta contemplar sus fotografías para advertir lo que hay de epopeya en esta colonización. Sus fotografías prescinden del efecto y se proponen cumplir “objetivamente” con la reproducción de la realidad. Su intención es complementaria, en lo estético, a la prosa pragmática de Mathews. Prescindiendo de los adjetivos, empeñado en una distancia narrativa que aspira, con una neutralidad a veces forzada, garantizar la verosimilitud de lo narrado, Mathews raramente se deja llevar por la emoción al calificar un suceso. Como predicador, si en oportunidades se deja llevar por la emoción, escribe en un tono evangélico al calificar a tal o cual inmigrante como “bondadoso” o “egoísta”. La moral, el sacrificio, el trabajo y el acatamiento de una preceptiva religiosa marcan, como subtexto, la dirección de su crónica. En su narración hay episodios dramáticos (un robo, un ataque de los indios, un asesinato y el arribo de los primeros comisarios), pero Mathews no les dedica demasiado espacio. Estos episodios, para el predicador, no constituyen el interés principal de su historia. El trabajo, sí. La siembra y la lucha contra las crecidas. Las idas y vueltas sin fin para aprovisionarse de herramientas y semillas, las conquistas mínimas del día a día, el progreso lento y sin descanso son la inspiración de su escritura. Si, como se ha dicho, el impulso de la fundación tiene como correlato previo el exilio, la utopía en la que los galeses se empeñan es también la de un movimiento tenaz en la preservación de una identidad cultural. El lector se preguntará entonces en qué reside el valor literario que vuelve tan seductora su crónica. La respuesta, con seguridad, está en una constante: la visión siempre curiosa del descubrimiento. A diferencia de la literatura de viajes, moda que sabe atrapar al lector urbano, la crónica de Mathews, sin planteárselo, se deja leer, entre líneas, como una tácita novela social que describe, además de una odisea de exilio, las contradicciones de nuestra historia en su proyecto de Nación.La obstinada imparcialidad que Mathews se propone asombra, en su despojamiento retórico, por su ceñimiento a los hechos. Si las acciones importan es en función de sus personajes. En este punto, es el desarraigo y la voluntad de vencerlo, la intemperie que atenta contra todo esfuerzo, el peligro de lo desconocido, lo que define a sus héroes. Es en este sentido que la crónica puede leerse doblemente como el documento de una hazaña y también, en su estilo rudimentario, primitivo, como una aventura literaria.

Autor: Guillermo Saccomanno
Fuente: Página/12

La Patagonia sin limites, como la esperanza, por Rolando Gabrielli

Posted in General with tags , on Març 10, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

De La Patagonia podría decir, es la inmensidad de un sueño. No hay extensión más inalcanzable que la lejanía. Empujar el motor del tiempo y rodar. No hay límite en el límite, donde el Sur arrastra el fin del mundo.

¿Es una Cruz, el Sur? Bosques de lenga, cohiue, roble, ciprés, Araucaria, el principio del fin en una carretera, el tiempo es un fósil a punto de descubrir su pasado y el mañana existe detrás de un acantilado. Es inútil una ventana para dejar caer el paisaje. Y se aproxima el presente de alguna manera, cuando me llama una voz que no conozco. El trigo podría asomar su cabeza dorada, y el tiempo no se detendría. ¿Habrá pasto este invierno para las ovejas descarriadas? La noche crece en La Patagonia, como el mar, y el tiempo multiplica los relojes. El paisaje se reinventa, como los ojos que lo ven y extienden el blanco mantel cada mañana. Es un retorno al inicio, al principio de lo inacabado, donde el tiempo vuelve a inaugurarse.La Patagonia es una sola: inmensamente chilena, inmensamente argentina, únicamente chileno-argentina, siempre argentina, siempre chilena, Sur, Sur, engranaje de sus pétalos, de la vida que la nace y toca. La numerosa agua ancestral/choca con los dos grandes océanos/donde la araucaria sólo mira el cielo/y el fuego no tiene límites/en esa tierra rodeada de mar/La noche crecerá en el azar/plateada en el reflejo de una llama/Luna sobre vientos gemelos/no te abandones al As de caracol/si el silencio cambia de barco/vendrán nuevas mareas/otro tiempo crecerá con tus ojos/Aquí sólo nace el tiempo en un mismo tiempo/nada ha envejecido/mi inicio, mi fin/Estoy tan lejos/pero siento que han vuelto a nacer los copihues/la campanilla silenciosa junto al mar/el ruido perfecto de un sueño/que ya comenzará/¿Para qué ir más lejos del fin del mundo?D(el) Sur qué no se ha dicho, menos quizás, que de su olvido. Un largo dedo índice pareciera rozar la nariz de La Patagonia, chocar con su ojo y llegar al mar, tocar el polo gélido, la costilla rota y cubrir su largo espinazo con la guitarra y el bandoneón azul. Nada sorprende al gran cetáceo de La Patagonia, la belleza ni la muerte se improvisan. La pampa, los canales, fiordos perdidos, un camino arcilloso, de piedra o asfalto, parecieran decir al viajero, no apure el paso, que no tiene sentido, encuentre, hombre, antes el camino. Natura sabia, la partida de nacimiento de la tierra fue escrita en La Patagonia, tierra de nombres peregrinos, fundacionales, santuario del silencio.Un fuego se enciende lento, pero siempre será un fuego, inclusive en su orilla. Siempre más claro frente al fuego que convoca, reúne y acompaña. Viejo amigo de estas tierras, el fuego, aquí está, con sus lenguas doradas, disfrutando de una conversación y de las manos que se frotan a su alrededor. Señal de un naufragio, abanicos de luciérnagas, tiempo glacial, soles arrastrados por noches milenarias, la cola de un zorro colorado, azul el tiempo oscuro. El Sur sigue siendo, es, nuestra esperanza, más que una geografía, una aventura hacia el futuro, ese estado de ánimo donde se respira un tiempo inacabado. Cuanto se haya escrito, pareciera poco, ante tan vasto paisaje que la memoria retiene en su caja de agua.La Patagonia ha sido visitada, estudiada, recorrida, palpada la humedad de su entraña, por los más lejanos y curiosos viajeros de todos los pasados y tiempos, y aún así, su imán sigue intacto atrayendo a sus amantes verdaderos, pasajeros furtivos y también a codiciosos “hombres de negocio(s)”. Y nunca ha sido suficiente rescatar con la palabra a La Patagonia, la inmensidad y fuerza de su sueño, esa constancia de permanecer más allá de las distancias, siempre le pertenecerán, como el espacio y el silencio.Charles Darwin, el naturalista que viajó alrededor del mudo, tocó las largas, quebradizas, paredes, el último espinazo de Chile, donde la naturaleza sueña con la libertad y da un paso más al Sur. Por allí anduvo casi 24 largos meses recorriendo Chile, a pie, a caballo, por mar. De Norte a Sur, Tierra del Fuego, Chiloé, Santiago, Iquique, todo el territorio que le fue posible cubrir al joven naturalista. Dejó escrito en su autobiografía: El viaje del Beagle (barco) ha sido con mucho el acontecimiento más importante de mi vida, y ha determinado toda mi carrera.Pablo Neruda, poeta del Sur, dijo en su libro Las Uvas y el Viento: Patria de aves marinas/a mí me has enseñado/cuanto sé de los pájaros./Me mostraste la escama/bruñida de los peces/el tesoro plenario/de la naturaleza/fuiste catalogando, ríos, flores/moluscos/volcanes/A las encarnizadas regiones de mi patria/llegó Darwin el joven/con su lámpara/y su luz alumbró bajo la tierra/y bajo el mar profundo/todo lo que tenemos:/plantas, metales, vida/que teje la estructura/de nuestra obscura, estrella.Estoy mirando, en Panamá, las páginas, del libro que escribió Darwin sobre Chile y me detengo sobre un dibujo imponente de un indio Patagón del capitán Phillip Parker King. Es un gigante impasible ataviado con un abrigo de piel de guanaco, descalzo, rodeado acompañado por un perro, con sus brazos cruzados resguardándose del frío, recogiendo su inmenso abrigo. Pelo largo más abajo de los hombros, cara ancha, labios gruesos, nariz ancha, un rostro asiático armónico, verdaderamente patagón. Un ser del Sur, único, irrepetible. Habitante lejano. Es la raza más alta que he visto jamás, se asombraba el sabio inglés, que describía a las mujeres también como muy altas. Se pintan el rostro rojo y negro y uno de ellos iba cubierto de puntos y líneas blancos, como un fueguino. Los describe como cordiales, pacíficos, ya que tres de ellos invitados a comer al barco se comportaron como gentlemen. Sabían servirse de los cuchillos, tenedores y cucharas, describe Darwin. Se extasiaron con el azúcar. Charles D. nos comenta que los patagones tenía de cinco a seis caballos por personas, inclusive las mujeres y niños. El caballo ingresó a Suramérica en 1537 y desembarcó en Buenos Aires. Buenos anfitriones y amistosos, según relata el naturalista británico.En una carta a su hermana Catherine, fechada el 6 de abril de 1834, Darwin describe la Patagonia que tiene frente a sus ojos…Estoy verdaderamente contento de tener la oportunidad de ver la Patagonia. Es un país admirable: enorme y estériles planicies, abundantes en sal y habitadas escasamente por animales, con la excepción del guanaco. Tuve muchísima suerte y pude matar un par de estos animales, uno de los cuales nos proveyó de acrne fresca para la cena de Nochebuena. Se despide con una curiosa metáfora de si mismo: Mis cariños a Nancy, dile que si hubiera de verme ahora con mi larga barba, creería que soy un pobre Salomón vendiendo baratijas.La Patagonia siempre ha sido sueño de aventureros y descrubridores, viajeros, científicos, grandes cronistas, hombres y mujeres pioneras. Han dejado sus palabras, conocimientos, descubrimientos, hazañas, en el mar y en la tierra, y también sus huesos. A ambos lados existe una sola mágica Patagonia, que siempre será única e irreptible. No importan los nombres por donde transita el pasado y el futuro. Todos son y serán hijos del sueño de la Patagonia, tan ancha y ajena, tan lejana y próxima, habitada y deshabitada, es el gran pañuelo de la Patagonia que agita mares, encuentros y pueblos. Yo también tengo un sueño con la Patagonia.La Patagonia es leyenda viva y ha inspirado a grandes escritores. El faro del fin del mundo de Julio Verne, Los diarios de Antonio Pigafetta, o los cuentos de Francisco Coloane. En 1914, la construcción del Canal de Panamá, dejó transitar solitarios, por el Estrecho de Magallanes, a los gigantes petroleros, mientras que los barcos con las demás mercancías cruzan cómoda y rápidamente los océanos por el delgado istmo. De la esquina del mundo al centro de las Américas.¿La Patagonia una Utopía? ¿O un sueño por realizar?Pero huboun gran pionero y viajero del aire de la Patagonia. El corazón que que ilustra en el cielo es de la Patagonia y es un homenaje a él y también al amor que nos espera en esas maravillosas tierras. “Qué bello país y cómo es de extraordinaria la Cordillera de los Andes! Me encontré a 6500 metros de altitud, en el nacimiento de una tormenta de nieve. Todos los picos lanzaban nieve como volcanes y me parecía que toda la montaña comenzaba a hervir…” Así describió en una ocasión el paisaje de la Patagonia desde sus cielos, Antoine de Saint Exupéry, el autor de El Principito. El primer vuelo que realiza Saint de Exupéry de Buenos Aires a la Patagonia, Comodoro Rivadavia/San Antonio Oeste/Trelew(Pueblo de Luis) es un 20 de octubre de 1929. El piloto francés así inauguraba con su vuelo de la Aeroposta Argentina, la compañía de aviación de Argentina.La aventura, la magia, el arrojo, la tragedia, pero siempre la pasión por volar, acompañaría toda su vida a Saint de Exupéry. Del desierto africano a la Patagonia, un sólo camino por los aires de los cielos. Soñó hasta que soñó morir soñando. La Patagonia fue un sueño cumplido. Fueron 15, meses de pasión por la Argentina y la Patagonia. El arrojo y la amistad nunca desampararían al francés. Cuando se perdió su amigo Guillaumet, en uno de de esos endiablados vuelos por la Patagonia, con su monomotor, él salió a buscarlo. Cuando se dio cuenta que había desaparecido para “siempre”, escribió: “…Y cuando de nuevo me deslizaba entre los muros de los pilares gigantes de los Andes, me parecía que ya no te buscaba, sino que velaba tu cuerpo en silencio, dentro de una catedral de nieve…”Saint de Exupéry fue un piloto de guerra, de reconocimiento. Escritor, un enfant soñador. Narró la infancia de las cosas, de la vida, del alma. Volaba como sus ideas. Su paradero era seguir soñando. Un día sobrevolando el sur de Francia. El Sur, su sueño tal vez, desapareció, para no dejar más huella, que la profunda huella que ya nos había dejado.Fin del mundo, donde al mundo le crece siempre una esperanza. Así me gusta soñar la Patagonia. con los vivos, con los muertos, los pioneros que clavaron sus ojos en esas tierras eternas. De mares oscuros y distantes, de sombrías relucientes montañas, blancas, bosques profundos.Los aeroplanos volaron los cielos de Puerto Madryn, Chubut, en la inmensa Patagonia Argentina. 30 aviones de Argentina y Chile, me documenta mi ágil corresponsal desde La Patagonia y me documenta con fotografías únicas del momento histórico.La Patagonia son también sus cielos, el vuelo de sus pájaros, el alto rincón de sus senderos. No hay límites en el alto cielo para volar y seguir creciendo. El cielo y la tierra, el mar y los ríos, todos los caminos conducen a una misma patria.Francisco Pascasio ” Perito” Moreno”… uno de los grandes pioneros de la Patagonia Argentina, dijo: “Hay una sola patria para el mapuche y para el blanco. Una sola patria, a pesar de todo…” En el año 1865 se realizó el primer censo poblacional de la Argentina que arrojó un total de 1.800.000 habitantes, de los cuales solo 24.000 habitaban la Patagonia. La gran mayoría aborígenes, amos indisputados de la región aun no conquistada por hombre blanco, cuyo asentamiento claudicaba en el Fuerte el Carmen de Patagones, desembocadura del río Negro- la incipiente colonia de galeses en el Valle inferior del rió Chubut, el Fuerte de la isla Pavón, en la desembocadura del río Santa Cruz y la población de Punta Arenas en la Patagonia chilena…”!”Si un indio mata a un blanco es un salvaje, y si un blanco mata un indio es civilización”La Patagonia es esta presencia del olvido, un paso sobre las playas solitarias, la abrupta caída del sol en sus inviernos, el fuego solitario en la noche, esa orilla sin fin. En verdad siento su cuerpo de hembra que reclama ser habitada.Rolando Cárdenas, -donde quieras que estés viejo amigo cantando Corazón de escarcha,- escribió estos versos memorables:

En cada casa inmóvil en la noche
está ese tiempo inmemorial
que me devora como un fruto extraño,
más que un antiguo sueño rezagado en la sangre
en que es difícil distinguir los rostros
y en su anillo difuso nos envuelve,
nos destruye y nos alimenta.
Sin saberlo hemos vivido atentos a ese rumor
del que emergiste extranjera y pensativa,
extendida junto a mí como una gran llanura blanca…
Vuelvo al sur/
Vuelvo al sur/
Como se vuelve siempre al amor/
Vuelvo a vos/
Con mi deseo, /
con mi temor/
Llevo al sur/
Como un destino del corazón/
Soy del sur/
Como los aires del bandoneón/
Sueño el sur/
Inmensa luna, cielo al reves./
Vuelvo al sur/
El tiempo abierto y su después/
Quiero al sur./
Su buena gente, /
su dignidad/
.Siento al sur./
Como tu cuerpo en la intimidad./
Te quiero, sur . . .Te quiero, sur . . .

Autor: Rolando Gabrielli
Fuente: Bolsón Web