Arxivar per Piratas

Mito y realidad de los piratas

Posted in General with tags , , , , , , on Juliol 28, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

La distancia entre la fantasía y la historia real de la piratería en el Caribe no es tanta como se supone, según revelan dos libros de reciente edición. El propio estudio de los “hermanos de la costa” termina fascinando a investigadores rigurosos, ya sea que simpatizan con los piratas o los condenan. ¿Un dato? Entre el auténtico Barbanegra y los personajes creados por los estudios Disney no hay muchas diferencias.

En abril de 1884 el novelista Walter Besant pronuncia una conferencia en Londres sobre “el arte de la ficción” que enseguida se publica como fascículo en un periódico. Ese hecho significó mucho en la historia de la literatura inglesa por dos motivos: primero, porque los que entonces no tenían más estatus que el de un guionista de televisión en nuestra época, encuentran un vocero muy popular e influyente para sus aspiraciones artísticas; segundo, porque produce el mágico encuentro de dos maestros en el escenario de una polémica: Henry James y Robert Louis Stevenson. James, en un artículo publicado en septiembre de aquel año, responde al enfoque realista, y sobre todo moralista, de Besant, usando como título de su nota el mismo que Besant había puesto a su conferencia: “El arte de la ficción”. Stevenson interviene a fines del año apuntando más a James que a Besant (aunque no estaba de acuerdo tampoco con éste), con su artículo titulado “Una modesta reconvención”; reconvención a quien consideraba un maestro, y que desde entonces sería además un amigo. James le llevaba apenas siete años al narrador de 34 que el año anterior había publicado la primera de sus novelas importantes, La isla del tesoro. Interesa aquí aquella brillante “arte poética” sobre todo por este párrafo: “Para el niño, el carácter es como un libro cerrado; para él, un pirata es una barba, unos pantalones amplios y un generoso complemento de pistolas” (El arte de la ficción, Besant/James/Stevenson, Universidad Autónoma, México, 2006). Mientras defendía la ficción como “una simplificación de algún lado o aspecto de la vida, que se sostendrá o caerá según su significativa simplicidad”, Stevenson definía el carácter, la figura, el “libro cerrado” del pirata, del modo en que se lo conoce en todo Occidente y en el que ya se lo conocía, evidentemente -los niños sobre todo-, en la época de Stevenson. Prescindía, y lo confesaba, de ampliar demasiado los rasgos gruesos del carácter de un personaje, pues “hacer correr la liebre de los intereses morales o intelectuales mientras estamos persiguiendo el zorro del interés material, no es enriquecer sino ablandar la historia”. Un año antes, y gracias al método de no dejar correr la liebre de los intereses morales o intelectuales, Stevenson había presentado al público, con cuatro pinceladas, el personaje más moralmente ambiguo de las novelas de aventuras de todos los tiempos: el “capitán” John “Long” Silver, el pirata del loro en el hombro y la pata de palo. Stevenson tenía la percepción exacta sobre cómo se forma el significado polivalente de los mitos: la escasez de rasgos es lo que les da precisamente su riqueza. Gracias a Stevenson, quien no inventó el mito sino que supo cómo describirlo, la palabra pirata tiene aún “un sonido repentino y amenazador”, más allá de sus versiones románticas, como escribió Joel Baer en Los piratas de las islas británicas (Grupo Editorial Tomo, México, 2007). El mismo sonido ambiguo que compone la palabra “Silver”, y el mismo contenido moral neutro que conservan los registros de la Armada Real inglesa. La república de los piratas , de Colin Woodard (Crítica, Barcelona, 2008), ha venido aparejado al éxito de las hasta ahora tres secuencias de la película Piratas del Caribe, de Gore Verbinsky, con Johnny Depp, confirmando con una cantidad de información detallada, sólida y abundante, que entre un auténtico pirata y Jack Sparrow no hay demasiada diferencia, ni en los aspectos morales ni en los de indumentaria. En cuanto al universo mental y político del pirata del Caribe, poco es lo que dice el mito, y con él la película; el libro de Woodard dice mucho más, y no logra desarticular la figura que la imaginación popular plasmó en tres siglos, y que Stevenson puso en acción de manera inolvidable. Historia que fascina Woodard, nacido en Maine, cerca de las costas en las que merodearon piratas en el siglo XVIII, ha revuelto archivos de lo lindo y arma un cuadro coherente, nada alejado del mito, con sólidos fundamentos documentales. Con razón, dice en su prólogo: “Aun siendo tan atractivas como resultan sus leyendas (…) es la auténtica historia de los piratas del mar del Caribe la que nos cautiva sin remedio”. Tal vez puede atribuirse esa fascinación, en parte, a un rasgo de estilo de los documentos oficiales, similar al que exhibe la novela de Stevenson. Woodard ha frecuentado diarios de a bordo, cartas, órdenes, registros portuarios y aduaneros, actas de bautismo, sentencias judiciales y otros papeles de la época, sobre todo de los Archivos Nacionales del Reino Unido y de las ciudades de la Costa Este de los Estados Unidos. Los documentos son lacónicos y apenas se prestan para extraer de ellos caracterizaciones morales fuertes. Esto no impidió que en Piratas en guerra (Melusina, Barcelona, 2004), el británico Peter Earle, quien se ha basado en esa clase de documentos, incluso los mismos, escribiera: “… yo mismo soy susceptible de sentirme atraído por el encanto y el espíritu de los piratas (…) No obstante, fui educado en el respeto por la armada y mis instintos están del lado de la ley y el orden”. Earle parece hablarle a Woodard, quien aún no había publicado su libro, cuando dice: “…son perfectamente capaces [los historiadores] de escribir libros serios, realistas y bien documentados sobre los piratas, aunque ello no les impida mostrar su admiración por el individualismo y el radicalismo de sus infames personajes”. Y Woodard contesta, no sabemos si a conciencia, con un libro realista y bien documentado, un relato histórico en el que la Armada que respeta Earle no parece menos cruel ni más moral que las bandas piratas, en muchos sentidos; por sobre todo, revela que la Armada, que no logró capturar a los jefes piratas, fue a la vez una de las causas principales de la piratería, un caldo de cultivo perfecto. Una sola página de Woodard, la que reproduce una lista de precios y salarios a principios del siglo XVIII, bastaría para explicar el fenómeno de los piratas en el Caribe y su borrosa ideología. Un marinero de la Armada recibía de 11 a 15 libras esterlinas anuales, menos que un maestro de escuela; un capitán de la marina mercante, 65 libras anuales. Cualquier asalto en el mar podía dejar cientos y miles de libras, en efectivo y en mercancías, sin contar el valor del barco asaltado, que a veces era robado pero otras veces no: se los quemaba, no pocas veces se los dejaba a sus tripulantes. Pero además, la disciplina en los barcos mercantes y militares era sádica; la comida, nauseabunda; y la paga se retenía con el fin de que la tripulación no abandonara el servicio al término de un viaje, pues los marinos escaseaban. El que cometía desobediencia podía ser azotado; los delitos más graves (el amotinamiento, por ejemplo) se castigaban con la horca. Los oficiales pegaban a sus hombres con bastones de ratán si no se movían con suficiente velocidad en el trabajo. Las muertes por escorbuto y disentería a causa de la pésima alimentación se cobraban altos porcentajes de la tripulación en cada travesía transoceánica. El propio Earle reconoce el autoritarismo y la dura disciplina en “algunos” mercantes. Los datos que maneja Woodard son vitales para entender el porqué de la insistente piratería, pero también describen la enorme dificultad de mantener, por no hablar de expandir, las fronteras del imperio. Aquello era realmente muy costoso; por eso los buques de guerra estaban con frecuencia averiados e inútiles: “El clima tropical pudría las velas y jarcias y oxidaba los accesorios y anclas, y nada de todo aquello se podía sustituir con facilidad en las Antillas”. Ante las condiciones del trabajo y la milicia navales, no resulta raro que jóvenes marinos como Samuel Bellamy, Charles Vane y Edward Thatch contemplasen a Henry Avery como un héroe, dice el libro de Woodard. Avery amotinó una flota corsaria inglesa anclada en La Coruña y se lanzó a la piratería en el Indico a fines del siglo XVII. Los otros tres fueron los principales jefes piratas de Centroamérica en el siglo XVIII. Thatch no es otro que el legendario Barbanegra, que castigó las colonias españolas tanto como las inglesas. Bellamy quería ser conocido como Robin Hood del mar, aunque no consta que haya entregado nada a los pobres; murió en un naufragio bien al norte del Caribe, frente a las costas de Massachussetts. Vane fue el postrero defensor de una comunidad de piratas en las Bahamas. Otro dato importa para comprender el pillaje en las aguas que Inglaterra disputaba con España, y aun en sus propias colonias de América del Norte. Corsarios y caballeros Desde el siglo XVI, Inglaterra había utilizado las patentes de corso para sabotear al comercio español en el nuevo mundo. Durante el reinado de Isabel I, la época de Shakespeare, descollaron corsarios como Francis Drake y Walter Raleigh, ambos nombrados caballeros. Raleigh fue el fundador de la colonia de Virginia en Norteamérica; Drake, campeón de la batalla en el Canal de la Mancha en la que cayó la Armada Invencible española. El mundo se había globalizado por primera vez, y en tanto Inglaterra, España, Francia, y Holanda se trenzaban entre sí en una guerra tras otra en territorio europeo, una vasta zona emergía pletórica de riquezas. Ese mundo fue entregado, por una bula papal y un tratado, a España y Portugal. España se negó a compartir el comercio con los nuevos territorios. El monopolio comercial fue una de las causas de aquella suerte de guerra de guerrillas naval que se prolongó tres siglos, en forma paralela a las guerras libradas en el Viejo Mundo, que a su vez devoraban las fortunas que producía América. A mediados del siglo XVII, Oliver Cromwell -recuerda Earle – puso en marcha el plan conocido como Western Design (Designio del Oeste o de Indias) y estableció definitivamente una base en Jamaica, técnicamente territorio español. Desde mucho antes, las islas menores rebozaban de aventureros de todas las nacionalidades. En algunas había poblaciones inglesas, como por ejemplo en Barbados, Antigua y las Bahamas. La miríada de islas e islotes del Caribe era de imposible control para los españoles. El caso es que, negado durante algunos años, el corso volvió a surgir. Desde Jamaica, se emitieron patentes de corso, y uno de los principales beneficiarios de esas patentes (a veces legítimas, a veces adulteradas) fue Henry Morgan, el famoso salteador de Porbobello, Maracaibo y Panamá. En la siguiente guerra con los franceses y españoles, volvieron a emitirse decenas de patentes en Londres, incluso sin obligación de entregar un porcentaje del botín a la Corona. Si hasta comienzos del siglo XVIII el corso existía y España también, ¿por qué habría de abandonarse el sabotaje y saqueo legales en las Indias de occidente?, razonaron los ex corsarios y ex marinos de la Armada que además de sus ambiciones de riqueza continuaban alentando un odio real hacia los españoles. La política de hostigar el comercio de España con sus colonias se aplicó siempre o casi siempre. Había una razón logística: debilitar la principal fuente de recursos de un enemigo casi permanente. Fueron más bien pocos que muchos los momentos en que Inglaterra pretendió no utilizar el corso, y cuando la Corona lo descartaba, los gobernadores coloniales lo volvían a usar. Una y otra vez Port Royal en Jamaica fue punto de encuentro y residencia de piratas o corsarios, según soplaran los vientos de la política global. El hecho es que el corso lleva encapsulada la piratería, por no decir sencillamente que es piratería de Estado. Sin la protección de esa cápsula legal, devino en la segunda década del siglo XVIII en liso y llano bandidaje marítimo. Entonces se estableció en Bahamas y convirtió el puerto de Nassau en lo que Woodard llama “república pirata”. La “república pirata” Es cierto: la denominación es fantasiosa, incorrecta, a Earle debe disgustarle con justo motivo. La deteriorada base de Nassau, semidestruida por ataques españoles y franceses, no fue más que un gran campamento de lonas y palmas en la playa, en el que los piratas bebían, fornicaban con un batallón de prostitutas y dormían cuando no estaban en el mar. En los apenas seis años que duró la “edad dorada” de la piratería (entre 1714 y 1720), nunca llegaron a reparar del todo el antiguo fuerte del puerto, que se caía a pedazos. Pero tenían -insistentemente lo documenta Woodard- un sistema de decisión por asambleas, tanto cuando estaban en tierra como cuando navegaban. Lo hacían en naves livianas, balandras de un solo palo y de no más de 40 toneladas, que jamás hubieran podido enfrentar a los galeones españoles que transportaban el oro y la plata de las Indias occidentales; fortalezas flotantes de 2.000 toneladas y hasta 100 cañones que viajaban en escuadras. La piratería se ejerció sobre el tráfico local, los navíos que llevaban mercancías y eventualmente dinero de un puerto a otro en el Caribe y en América del Norte. La mercancía era vendida a contrabandistas de las colonias inglesas norteñas. En toda la historia de la colonización de América, los ingleses apenas pudieron atrapar uno -y no el más grande- de los galeones españoles, de 700 toneladas. Los finales del siglo XVII y los comienzos del siglo XVIII fueron años de transición, ricos en datos que el libro de Woodard documenta. En primer lugar, se produce el debate acerca de si se debían atacar navíos ingleses. El que llegaría a ser caudillo indiscutido de la “república” de Nassau, y luego perseguidor de piratas, Benjamín Hornigold, cuyo segundo era Barbanegra, se negó a atacar barcos de la corona británica. Otros caudillos piratas, como Charles Vane y Samuel Bellamy, sí lo hicieron. Cuando Barbanegra se apartó de la tutela de Hornigold, a su vez adoptó idéntico temperamento. Pero había tal vez un motivo político para que lo hiciera: el ocaso de los Estuardo y la llegada al trono de Jorge I, de la casa alemana de Hanover, que pareció no gustarle. El increíble barbanegra Alto, moreno, de barba retinta, Ed Thatch, “Barbanegra”, cimentó la figura internacional del capitán pirata desde aquella época y para siempre. Tanto el capitán Garfio como Jack Sparrow pueden considerarse copias exteriores o caracterológicas de Thatch. El terror gestual era el arma infalible de los piratas del Caribe, y Barbanegra lo cultivó con refinamiento. Si a los piratas les bastaba con gritar, aullar, enarbolar sus sables y pistolas en cubierta, vestidos con ropas caras y extravagantes o semidesnudos, para lograr que los barcos comerciales se rindieran sin disparar un tiro, Thatch sumó a esto una cuidadosa presentación personal. En su camarote, como si fuese éste un camarín teatral, se ataviaba, antes del asalto, con una casaca roja, seis pares de pistolas cruzadas en sus fundas sobre el pecho y un enredo de mechas de cañón encendidas colgando de su sombrero y de sus cabellos, de forma que aparecía con la cabeza rodeada de un halo de humo y de fuego en cuyo centro refulgían unos ojos oscuros al parecer temibles. El primer navío de Barbanegra fue bautizado con una toma de posición política: se llamó La Revancha de la Reina Ana. La reina, de la casa de los Estuardo, había muerto en 1714 sin descendencia. Su hermanastro Jacobo no pudo ascender al trono porque era católico, y desde 1701 ningún católico podía sentarse allí. De manera que un primo segundo de Ana, el alemán Georg Ludwig, fue coronado como Jorge I. Barbanegra, como muchos otros piratas, seguía siendo partidario de los Estuardo, es decir, de una familia de Inglaterra. Su ex capitán, Hornigold, también. Varios jefes piratas llegaron incluso a conspirar con los “jacobitas” de la metrópolis a través de sus contactos con el gobernador de Jamaica, Archibald Hamilton, y poco importaba que Jacobo fuera católico (lo que, de paso, indica que para algunos piratas el hecho de que los españoles lo fueran no era el motivo principal de su odio o desprecio hacia ellos). El propio Vane, el último defensor de Nassau, que profesaba un odio anarquista hacia el Estado, dio su apoyo a aquella fracasada conspiración jacobita. Barbanegra, asentado como pirata y colono en Carolina del Sur, con la complicidad del gobernador y el juez local, murió en el mar, cuando atacó un navío inglés de Virginia que lo perseguía (y que no era un navío de la Armada). Resultó una trampa, porque parte de la tripulación estaba escondida y cayó sobre los piratas cuando éstos abordaron, después de un fortísimo cañoneo. La cabeza de Barbanegra fue exhibida en Virginia; su cuerpo, despedazado y arrojado al mar en el lugar del combate. Su primer barco se había llamado La Revancha de la Reina Ana, el último había sido bautizado significativamente como Aventura. Vane atacó los barcos del nuevo gobernador de Nassau, Woodes Rogers, quien tenía permiso real para establecer una “compañía” en las Bahamas y otorgar perdones a los piratas. Vane no quiso el indulto, combatió, perdió y pereció ahorcado en Jamaica. Junto con él, fue ejecutado su ex segundo, John “Calicó Jack” Rackham, apresado en el golfo de México (uno fue atrapado por los hombres de Rogers, el otro por corsarios: la Armada tampoco pudo anotarse el triunfo). La última sombra de la piratería inglesa en el Caribe se hundió precisamente en la sombra de la historia. Fue una mujer, Anne Bonny, hija de un colono de Carolina y ex prostituta de Nassau, compañera de Rackham. Capturada junto con él y otra pirata, Mary Read, se libró de la horca porque estaba embarazada, y no hubo más registros de ella. Se ignora cómo salió de la cárcel. Mary, en cambio, que también estaba encinta y tampoco pudo ser ahorcada, murió de “fiebres” en prisión. Los británicos calculaban que los piratas del mundo sumaban más de 2.000 en 1716. En 1725, abatida la “república”, quedaban apenas un par de centenares de aquellos aventureros, producto del imperio al que alternativamente sirvieron y atacaron. A su modo, vivieron y murieron como navegantes, como audaces soldados y como ingleses.

Autor: Jorge Aucilino
Fuente: Clarín

Una de piratas

Posted in General with tags on Mai 8, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

Desde un tal Polícrates, amo y señor de la isla griega de Samos, a los recientes asaltantes del Playa de Bakio, han surcado los mares piratas de muy distinto signo y pelaje. Mientras el tirano griego, en época anterior a Cristo, abordaba las naves que se aproximaban a sus dominios y aligeraba de joyas y otros tesoros a sus ocupantes a los que posteriormente ejecutaba sin mediar palabra, los de de ahora, los de Somalia, dieron de mano tras el cobro de casi un millón de euros por dejar en libertad a los pescadores españoles a los que amenazaban con cortarles el cuello. Uno, desde su total rechazo a cualquier tipo de negociación con terroristas y piratas, expresa su alegría por el hecho de que quedaran libres quienes sufrieron la crueldad del secuestro.Este episodio real de piratas escapa plenamente de cualquier reminiscencia heroica o romántica. La piratería ha tenido su leyenda y sus protagonistas, en muchos casos convertidos en héroes por la imaginación de escritores y cineastas, ya que la literatura y el cine han navegado por los mares de la ficción en busca de aventuras de corsarios y bucaneros. En el territorio de nuestra infancia conocimos a Long John Silver, el tremendo personaje inventado por Robert Louis Stevenson para su novela La Isla del Tesoro, que adquiriría en la pantalla la presencia de Robert Newton. Más tarde, pero no demasiado, Joseph Conrad, sacaría de las tinieblas su corazón y su inspiración de gran escritor para hablarnos de El Pirata. La creación literaria seguiría surcando los escenarios interminables del Caribe y los Mares de China en continuas aventuras de proa a popa y de babor a estribor. Y así surgiría Emilio Salgari con sus inquietantes Piratas de la Malasia y la presencia activa y, sin duda atractiva, de Sandokan, transformado con el paso del tiempo en rentable producto televisivo. En las páginas de los libros, donde tantas veces la ficción se entrecruza con la realidad, descubrimos desafíos y abordajes, unas veces con la firma de un triunfador sobre cualquier naufragio literario, llamado Daniel Defoe, en una Historia de piratas, y otras veces con el sello de un infatigable narrador de aventuras, Rafael Sabatini, oteando el horizonte desde la cubierta de El Cisne Negro, relato que Hollywood transformaría, en 1942, en trepidante película, dirigida por Henry King, con la atrayente pareja formada por Tyrone Power y Maureen O’Hara.La piratería y su circunstancia disponen de un amplio repertorio que podemos encuadrar en el género de aventuras. La escritora cubana Zoé Valdés, autora de una novela con ribetes históricos ambientada en el Caribe con mujeres dispuestas a todo, Lobas de mar, habla de las grandes posibilidades que el mundo de los piratas ofrece para fabular aventuras. Algo que el cine, naturalmente el norteamericano, ha sabido tener en cuenta y sacar provecho. La relación de títulos en blanco y negro y technicolor sería larga e incompleta, pues en un rincón de la memoria quedarían agazapados, sin duda, algunos que poseen singular importancia. No obstante se hace preciso destacar, en las limitaciones del artículo periodístico, algunos que el viento del tiempo no se llevó. Uno recuerda a un desafiante Errol Flynn, espada en mano, en El Capitán Blood, de Michael Curtiz; a las terribles andanzas del Pirata Barbanegra, de Raoul Walsh; al coraje de Jean Peters en La mujer pirata, de Jacques Tourneur; y, desde luego, a John Wayne en lucha desesperada bajo las aguas con un pulpo gigante en Piratas del Mar Caribe, de Cecil B. de Mille. Este cúmulo de aventuras de mar abierto a todo riesgo nos ha traído a Jack Sparrow, ese pirata diseñado para el excelente actor que es Johnny Depp, en Piratas del Caribe. La mejor forma de mantener en la pantalla las velas desplegadas.Hoy, cuando todo ese mundo de fantasía se nos convierte en añoranza, aparecen unos facinerosos de un incierto país africano llamado Somalia que, tras secuestrar a unos pescadores españoles y exigir dinero, el poder mediático y la sociedad entera los mete en el gran archivo de la piratería. La verdad, estos no son mis piratas.

Autor: Diego Pedro López Acosta
Fuente: La Verdad

Exequias de la aventura

Posted in General with tags on Abril 29, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

«Lo de los piratas es una constante en la ecuación de los delirios de poder de los humanos. Es decir, siempre los piratas estuvieron entre nosotros; es decir, crecimos con piratas y nos rodean los piratas. Quienes no saben verlo así, perecerán, y pereceremos también los que supimos verlos»…

Ya se sabe que el mejor piropo que se puede dirigir a un hombre es el de Viejo pirata. Es el aspecto lúdico, festivo, social, egoísta, vanidoso, un tanto machista de los dos términos en cuestión, tómeselos como sustantivos o como adjetivos, que, a solas, ninguno de ellos gusta demasiado, pero ¡ay, cuando se juntan! Al escuchar esa especie de madrigal que es como un dardo de amor, las mieles de su lisonja tienen un dulzor distinto, una ambrosía que conjuga variadas eminencias del placer, diríamos que sexuales, gastronómicas, intelectuales, vanitas vanitatis todo como diría el Eclesiastés, pero ¡cuán equivocado estaba Cohelet, el Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén, cuando tomó la pluma fustigado por sus iras de punición y se puso a dar consejos de eternidad! Quien puso los fogosos espasmos del Cantar de los Cantares después de los anatemas en fila india de Cohelet -¡válganos la sindéresis ante su torsión aciaga!-, nos gastó pesada broma. Pero, dígase lo que decir se quiera, lo cierto es que el paladeo llega a ser como el de una caricia en los oídos que nos deja en suspenso, texto inefable y melodía inolvidable, resonancias que saben a mares y olas, aventuras y abordajes. Si se quiere dejar al amado en sueños de lascivia fungibles con no se sabe qué sones de paraíso, basta llamarle Viejo pirata, que, de manera tan simple, ese polígamo irredento que es todo hombre, sucumbirá feliz a su hechizo.
El cómic. Me acuso de haberme pasado un tanto en el anterior circunloquio pero la parusía de esa frase de tan ilimitadas dimensiones halagando los onirismos de nuestro ego varonil, creo que merece la pena. Y, vayamos al grano. Lo de los piratas es una constante en la ecuación de los delirios de poder de los humanos. Es decir, siempre los piratas estuvieron entre nosotros; es decir, crecimos con piratas y nos rodean los piratas. Quienes no saben verlo así, perecerán, y pereceremos también los que supimos verlos, y la única diferencia estará en que pereceremos habiéndolos visto, que, acaso no sea tan magra la diferencia. Como ocurre siempre, las distintas generaciones nos movemos en distintas revelaciones. La mitología de los primeros piratas, en mi caso al menos, no comienza ni siquiera en John Silver el Largo, ni tampoco me dio nunca por identificarme con Jack Hawkins, ese rapaz de la posada del Almirante Benbow que ha vivido en la imaginación de millones y millones de niños, pero, acaso, sí que tendría que citar en este renglón a los Singh, contra los cuales luchó denodadamente, la saga de los Hombres Enmascarados, los de la etnia de el espíritu que anda según los pigmeos de la África más opaca, fieles adoradores que regazaban a su dios y lo inmortalizaban de padres a hijos. Y es que el cómic, en sus casi infinitas variantes, está en el orto de nuestra furia lectora, aquella rabia juvenil de morder todo libro en sus renglones prietos, masticarlos hasta hacerlos pulpa y devorarlos con saña y desgarro de fiera hambrienta, de la misma manera en tiempos de trabajo o de ocio, hasta en la hora misma de comer, el libro frente al plato, ojos depredadores. Vendrían luego los grandes de la literatura aventurera popular, por un decir Salgari entre los primeros. Me asalta esta imagen del mundo piratesco tan homogeneizado y prieto, refundido todo no sé bien si en una nao de velamen desplegado, el mascarón hendiendo ágil olas y leyes, el capitán de la canción esproncediana soltando a los vientos su canción de libertad, que es seguro que no encontraré mejor oportunidad a lo largo del texto para citar esa frase de Proudhon que dice que «no existe la libertad sin el mar», pensamiento sublime.

La Croix. Escribe Robert de La Croix en su Historia de la Piratería (Ediciones Amaika, 1976), que esa narración sempiterna de filibusteros, corsos, etc, trata de «una epopeya salvaje, con los colores del oro y de la sangre, con los olores de la pólvora y de la sal, resonante por el chasquido de las velas y la detonación de los cañones», con lo que, los que tenemos de esa ocupación una idea nada más que cinematográfica, nos sentimos espectadores de alguna película de los viejos tiempos del comienzo del tecnicolor, los piratas del Caribe en plena apoteosis, grandes directores como los Walsh, De Mille, etc., brindándonos su efervescente imaginación piratesca, actores bruñidos de magia colorista, siempre alguna señora estupenda a bordo, bien sea como capitana o como rehén, la magia perenne de contemplar a esos seres de pata de palo y de ojo parcheado soltando sus bravatas, que es así, y viene a contarlo el antes aludido La Croix, desde los viejos tiempos de la Cilicia; Ulises, Aquiles, Eneas, etc., bajo atuendo pirateril; y, por sucesivas generaciones, imperios y siglos, se nos muda ahora esa fotografía de la niñez en este momento en el que, la nunca fenecida raza de los piratas se nos descuelga a los medios de comunicación desde el mismísimo cuerno de África, ése que apuñala al Índico a la manera de un rinoceronte que hubiera atravesado todo el continente de sur a norte hasta quedarse dudando de si acometer fieramente a su otro continente vecino de Asia, mitológica mudanza.

Del Caribe al Cuerno. Volviendo a ese hombre de secano por nacimiento (Almendralejo) convertido en marinero tanto por la poesía como por el romanticismo en el que navegó que fue Espronceda, no es extraño que buscara en el mar esa su dosis de libertad que era su aire de respiro, «que es mi barco mi tesoro,/ que es mi dios la libertad,/ mi ley la fuerza y el viento/ mi única patria la mar», carta de principios tan válido para el pirata como para el libertario (que no nos extenderemos a considerar otras dimensiones y latitudes a lo que se dirigió el romántico a abrevar su sed de libertades). Pero los tiempos cambian, y aquella isla de Tortuga de tan opimas resonancias, el Caribe por donde navegaban galeones y drakes, vino a asentarse en esa costa de África que la literatura -¡siempre la literatura como sustituto para los que nacimos sedentarios y en épocas poco propicias para otros devaneos aventureros!- nos había hecho vivir otros sueños aunque también fastuosos, digamos que, la incomparable reina de Saba, la gloria recamada de potestades suprahumanas del llamado «rey de reyes», confluencia de mares que, a pesar de algunos pocos florones míticos que aún le puedan quedar a la piratería, habrá que sorber la amarga copa del desengaño en nuestras orgías oníricas, que ahora, para empezar, los viejos galeones fueron transmutados en pesqueros que es algo parecido a lo que pudiera haberle ocurrido al Quijote con los molinos y los gigantes pero con la conciencia despierta; ya esos barcos, atentos casi nada más que al atún, ya no se defienden, y los piratas trafican con los gobiernos el trueque de sus presas. Algo como las exequias de la aventura.

Autor: Santiago Aizarna
Fuente: Diario Vasco

Ficco presenta ‘El Pirata Negro’

Posted in General with tags , , , on febrer 28, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

El Festival Internacional de Cine Contemporáneo de la Ciudad de México – FICCO 2008, al borde de cumplir su primera semana, realizará esta noche una presentación especial del clásico mudo El pirata negro, de Albert Parker, filme de aventuras protagonizado por Douglas Fairbanks, vieja estrella que en los años 20 fundó la productora United Artists junto con su pareja Mary Pickford (”la novia de América”), Charles Chaplin y el padre del cine norteamericano, David Wark Griffith.
El pirata negro relata las aventuras de un hombre que se infiltra entre un grupo de rudos corsarios con el doble propósito de rescatar a una hermosa mujer y vengar la muerte de su padre, la cual ocurrió a manos de aquellos personajes. La proyección contará con musicalización en vivo, la cual estará a cargo de la prestigiosa The Alloy Orchestra.

Fuente: Cine Encuentro

El jerezano Manuel Ramírez escribe sobre piratas en la Bahía

Posted in General with tags , , on febrer 20, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

El historiador e investigador Manuel Ramírez López, junto a Editorial AE, saca el libro ‘Historias de piratas, corsarios y otras ratas del mar en Xerez y la Bahía de Cádiz’, un relato sobre la relación de los “salteadores del mar” con los gaditanos. En palabras de la editorial: “una emocionante narración que busca recuperar los episodios de aventureros del mar que marcaron la Historia de España, y por supuesto la de la Bahía”.

El historiador e investigador jerezano Manuel Ramírez López, junto a Editorial AE, saca el libro ‘Historias de piratas, corsarios y otras ratas del mar en Xerez y la Bahía de Cádiz’, un relato sobre la relación de los “salteadores del mar” con los gaditanos. Como explica Manuel Ramírez, este libro es la auténtica pasión por la vida marina. A su vez, el autor pretende dar a los protagonistas un reconocimiento justo en la memoria colectiva.

Esta obra, que sale a la venta por 16,95 euros, en palabras de la editorial en la nota remitida a DIARIO Bahía de Cádiz, es “una emocionante narración que busca recuperar los episodios de aventureros del mar que marcaron la Historia de España, y por supuesto la de la Bahía”.

“Desde tiempos inmejorables Jerez siempre ha mirado al mar. Ilustres jerezanos dispusieron de sus propias flotas para comerciar con otros pueblos, con otras culturas ‘aquende y allende los mares’ o simplemente pertenecieron a la tripulación. Muchos fueron marinos que por su propia cuenta, bajo la bandera de la armada española o de cualquier gerifalte, factor o caballero, vivieron al son que marcaron vientos, mareas, galernas y demás eventualidades propias de mares y océanos. Los hubo soldados, navegantes, aventureros, corsarios e incluso piratas, que buscaron de esta manera su medio de vida y muerte. Vivamos con ellos una aventura ayudados del recuerdo de sus gestas”, apunta la sinopsis del libro.

Manuel Ramírez López ha publicado en prensa y revistas numerosos trabajos de historia. En su faceta literaria, ha escrito, entre otros, La Mano Negra (2000), Los Carlistas en Jerez (2002) y Jerez de cante, baile, y toque (2003) -junto al escritor José Luis Pantoja-, Curiosidades Xerezanas –junto a José A. Cirera González-, o Rescatar la memoria, basado en la memoria histórica de la provincia de Cádiz. Secretario de la Asociación Cultural Memoria Histórica Jerezana desde el año 2000, colabora con diferentes medios de comunicación y ha participado en varias películas como La Mano Negra, El Capitán Alatriste o Lola Flores.

Fuente: Diario Bahia de Cadiz

El Gran Circo Nacional Chino regresa con una aventura de piratas

Posted in General with tags , , on febrer 6, 2008 by Biblioteca Plaça Europa

Catorce números vertebrados por una declaración de principios rotunda: «hacer posible lo imposible». Los ‘¡Piratas, Piratas!’ del Circo Nacional Chino desembarcarán durante gran parte del mes de marzo en Santander. La extensa gira que realiza el prestigioso colectivo oriental recalará en la Campa de La Magdalena con todo su tesoro de malabarismo, contorsionismo, danza y equilibrismo en una conjugación de escenografía, coreografía, música y vestuario.La compañía oriental regresa a la capital cántabra con esta espectacular producción en la que participan más de 60 acróbatas, ‘bucaneros y corsarios’, al servicio de la magia escénica y el más difícil todavía, todo ello bajo un sello de calidad, ricas tradiciones del arte circense chino y guiños occidentales. La promotora Stardust Circus International propone una temática muy de moda, el universo de las aventuras en el mar, reclamo para miles de espectadores que han devorado en la salas de exhibición las entregas cinematográficas de ‘Piratas del Caribe’. Un equipo de técnicos holandeses encabezado por Frank Van Laecke concibió y desarrolló este montaje con la colaboración del director artístico chino Mei Yuezhou al frente de los cerca de sesenta artistas que componen el elenco.«Saltos al vacío desde interminables mástiles, inverosímiles piruetas en el aire y duelos de espadas» integran este espectáculo, ‘¡Piratas, piratas!’, que no descuida la esencia del trabajo circense chino: complejas acrobacias en las que emplean utensilios cotidianos como platos, bastones, cometas, aros o sillas. Una disciplina que posee más de dos mil años de antigüedad, cuando los pueblos rurales comenzaron a organizar fiestas para celebrar la recogida de la cosecha.A ello se sumaba un gran espíritu de equipo, que se origina en el hecho de que casi todos los artistas se conocen desde niños.’¡Piratas Piratas!’, tal como avanzó este periódico el pasado otoño, recala en Santander como un nuevo fruto de la pericia y el aprendizaje de sus componentes que han asumido técnicas europeas como el ‘jumping’, un vistoso y frenético estilo de baile muy de moda en Bélgica y Holanda. En el espectáculo destaca el número ‘Pas de deux en el aire’, que bebe de lo mejor de la tradición rusa. Un número galardonado con el Gran Premio del Festival Internacional de Montecarlo, y en el que la célebre artista rusa Oxana Bobrova «baila colgada de una cuerda y sin red sobre las cabezas del público». Europa y China se funden así en un montaje que subraya su «combinación de ritmo, escenografía, música y vestuario». Entre las propuestas más singulares destaca el salto más espectacular del mundo. El récord lo sitúa a una altura de 2,60 metros.Habilidades y audacias en un singular abordaje aéreo, donde las tradicionales artes acrobáticas orientales se modernizan con atmósferas de circo y teatro musical, última propuesta de Stardust Circus International, considerada una de las grandes productoras del mundo del circo y la escena europeas. 450 trajes Tras presentarse en Madrid el pasado otoño, su intensa gira por ciudades españolas, de Almería a Barcelona, se centra en fusionar música y escenificación de estética pirata a través de la acción de 60 ‘piratas’, entre los que se encuentran los mejores artistas circenses de élite de distintos países: China, Mongolia, Rusia, India, Malasia; y más de 450 trajes, en una sucesión de números de acrobacia que certifican la fama de las artes circenses chinas.

Autor: Guillermo Balbona
Fuente: Diario Montanes